La noche que zarpó el Ionic King era jueves. Álvaro había salido huyendo de Brindisi a eso de las siete de la tarde. Se sentó en la banca de un parque y observó con nerviosismo a los paseantes. Mantenía la cabeza baja para evitar encontrarse con la única mirada que podría retenerlo, y al instante volvía a alzar los ojos anhelando hallar una cara conocida. De pronto todo le parecía familiar. Una pareja de novios tomados de la mano, un perro pequeño y peludo, un anciano con bastón. Le daba la impresión de que esa gente no hacía más que dar vueltas en círculos alrededor de la plaza. Con sus helados, sus botellas de agua, sus gafas oscuras y sus sandalias blancas. Vio llegar al autobús que lo llevaría al puerto. No había marcha atrás. Tomó su mochila y subió. El conductor esperó unos minutos mientras tarareaba una canción. También abordaron el vehículo dos hombres morenos con grandes maletas de cuero. Al cabo de un cuarto de hora habían llegado.
En la estación no había más que un grupo de hombres jugando en las máquinas tragamonedas. De cuando en cuando proferían gritos en italiano, sujetaban una de las máquinas y entre dos o tres la sacudían esperando que cayeran algunas monedas. Álvaro subió al primer piso y descubrió que todos los locales estaban cerrados. Algunos tenían las puertas abiertas; todos vacíos.
Descendió por unas escaleras mínimas en las que el calor se hacía aún más insoportable y la luz se iba extinguiendo a cada paso. Empujó una puerta para volver a la planta principal. Lo único abierto era una cafetería en la que una rubia falsa limpiaba la barra con un trapo sucio al tiempo que chupaba un cigarrillo. Álvaro se aproximó; pidió un macchiato y un vaso de agua. La rubia siguió limpiando como si no lo hubiera escuchado. Él se fijo en su escote, en el que aparecían algunas estrías sobre la piel lechosa. Al cabo de un rato ella se dirigió hacia la máquina de café. “Uno cinquanta”. “Grazie”.
Álvaro caminó hacia las mesas de la terraza. Todas tenían ceniceros que se desbordaban de colillas y moscas que rondaban entre restos de galletas. Se sentó y al poco tiempo se volvió sobresaltado por los gritos de los hombres de las máquinas. Una de éstas se le venía encima a uno de ellos y otros dos trataban de ayudarlo. Una morena con minifalda reía a carcajadas mientras los observaba. Eran más de las ocho y el calor no cedía aunque el sol comenzaba a ocultarse. Apuró el café y se dirigió hacia el muelle. Sobre la luz roja del atardecer se dibujaba la enorme silueta del Ionic King. Caminó lentamente por la plataforma pensando en que no volvería a poner un pie en aquella ciudad. En que seguramente no volvería a ver esos ojos que le habían ofrecido tanto. Se detuvo un momento y giró la cabeza esperando muy dentro de sí que lo hubiera seguido, que de pronto apareciera una figura diminuta corriendo hacia él y gritando su nombre. Sólo distinguió, a lo lejos, a unas mujeres cargadas de bultos y maletas que reían ruidosamente. Apuró el paso. Le entregó el boleto a un hombre que lo miró detenidamente a los ojos. Luego le devolvió el papel y sonrió por un instante antes de voltear a otro lado. Abordó el barco.
Caminó por largos pasillos con luces parpadeantes y alfombras color vino. Éstos, a su vez, conducían a otros pasillos más estrechos. Habitaciones con sillones reclinables que veían todos hacia una pantalla encendida. Pasaban un programa alemán en el que todos los participantes estaban desnudos. Se encontraban en una especie de granja —quizás una comuna, pensó— y hablaban con el entrevistador seguramente sobre la vida que ahí llevaban. Una mujer de unos cincuenta años mostraba alegremente sus carnes mientras hablaba y hablaba en un idioma incomprensible para Álvaro. Las personas, sentadas en lo que parecían las butacas de una sala de cine, observaban la pantalla sin hacer ningún gesto. Podrían estar viendo las noticias o un televisor apagado. Se notaba el cansancio o la indiferencia que el viaje les producía. Sólo el grupo de señoras que había visto antes, y que ahora ocupaban varios de los asientos —entre ellas y los bultos— conversaban animadamente en griego sin importarles molestar a la gente que leía o descansaba. Pudo observarlas mejor y se fijó en los pañuelos que cubrían sus cabezas, en el cabello cano que se asomaba por éstos y en las faldas anchas y negras que llevaban todas, cuya gravedad contrastaba con su locuacidad.
Álvaro abandonó su sitio en aquella habitación y siguió recorriendo el barco. La media luz y el bochorno de los estrechos pasillos le provocaban cierta claustrofobia. Descubrió un gimnasio oscuro y vacío cuyos aparatos parecían no haber sido usados en años. Al salir de ahí sintió una presencia en su espalda. Era un hombre alto y rubio, con barba de varios días, que le dijo algo en un idioma que no comprendió. Álvaro se llevó la mano a la cartera, se excusó en un italiano mezclado con español y caminó rápidamente hacia otro lado. Finalmente llegó a cubierta, en donde suelen encontrarse los bebedores, los fumadores, quienes no desean dormir en toda la noche y prefieren jugar a las cartas, leer el periódico o charlar con otros viajantes. Hay quienes suben para fumar un poco de hachís o sólo para huir del calor y la oscuridad de los salones interiores. Claustrofóbicos, ludópatas, alcohólicos, o personas que desean sentir la brisa del mar, simplemente, pensar un poco, meditar sobre sus pequeñas vidas cuando no están a bordo. Cuando el océano no es el océano sino una hilera interminable de edificios, callejones y tiendas de autoservicio. Pero esta vez sí es el océano, el mar Jónico, y siente cómo el cigarrillo se consume deprisa y a cada calada se mezcla el viento con la sal y el humo, todo en sus pulmones, y una brizna desaparece en un instante.
En la cubierta, además de mesas y sillas de plástico, hay una alberca, ahora cerrada, rodeada de camastros en los que algunas personas duermen dentro de bolsas de dormir tapados hasta la cabeza. Las grandes mochilas junto a ellos le hacen pensar que son jóvenes, como él, que viajan en grupo buscando tomar el sol y algunas cervezas en las islas griegas. A él también le gustaría echarse en la arena con un libro ligero en la mano y un coctel en la otra. Una piña colada con un popote largo y una rodaja de limón con una cereza. Eso piensa y mira el mar ahora oscurísimo con algunos destellos por la luz de la luna.
Se levanta y va hacia la barra, pide un whisky. Se sienta en una mesa vecina a la de los jugadores de cartas. Los observa, ellos también lo miran un instante pero no le prestan mayor atención. Juegan Hold'em. Después de un rato, uno de ellos, muy moreno y corpulento, le pregunta en inglés si quiere jugar. Álvaro pregunta cuál es la apuesta. “The ocean”, le responde el hombre. Álvaro no entiende, “¿Que quieres decir con 'el océano'?”, le dice con mirada interrogante, “El que pierde va al océano”, contesta el otro.
Los otros tres hombres lo miran fijamente. Uno de ellos muy serio, los otros dos sonriendo e intercambiando miradas. Se da cuenta de que uno de los que sonríen es el rubio con quien tropezó fuera del gimnasio. Álvaro pregunta qué se lleva el ganador y el moreno le responde que el equipaje del perdedor. Todo lo que lleve consigo. Sus documentos, su ropa, su dinero, todo. Sólo hay un perdedor y un ganador, le explica. El que termine primero sus fichas y el que tenga más en ese momento: “Are you in?” “I'm in”.
En la esquina de la cubierta todos han colocado sus pertenencias: tres maletas grandes, dos medianas y una caja de cartón amarrada con una cuerda, además de un par de abrigos encima del montón. Álvaro agrega su vieja mochila al botín.
Uno de los hombres, rubio, bajito y con los ojos azules y muy pequeños, se levanta por un vodka tonic; el otro rubio, el más alto, le pide en alemán una cerveza. El cuarto hombre, de estatura media y pinta de italiano, se levanta por dos whiskys en las rocas y le entrega uno a Álvaro sin decirle nada. Mientras tanto, el moreno, que resulta ser turco, enciende un cigarro y, con él en los labios, reparte trescientas fichas a cada jugador.
Al principio los blinds son de 5 y 10 fichas; Álvaro no gana ninguna mano, pero tampoco pierde mucho, espera un buen par. El moreno también deja caer sus cartas un par de veces mientras los alemanes van llevándose las fichas poco a poco. El italiano gana una mano con flush diezmando considerablemente las ganancias del alemán con barbas, aunque se recupera un par de manos después. Los blinds están en 25 y 50. El alemán bajito está casi fuera de juego y se va all in. En la mesa se han volteado un as de picas, un tres y un cinco de corazones y un siete y un diez de tréboles. Todos tiran las cartas excepto Álvaro, que muestra dos ases y sonríe: three of a kind. Pero el alemán, tras dar un trago a vodka, voltea un dos y un cuatro y anuncia una corrida: straight.
En la siguiente ronda Álvaro no tiene fichas más que para la entrada. No le queda más que apostarlo todo desde el principio. All in. El italiano reparte y abre las tres cartas del centro: una reina, un dos y un seis. La siguiente carta es un joto. Todos tiran sus cartas excepto el moreno, que sonríe. Los demás se miran nerviosos y dan largos tragos a sus bebidas. El italiano abre la última carta: un rey. El turco se levanta de la mesa y da gritos de felicidad mostrando los dos reyes que tenía de mano. Álvaro voltea dos reinas. Se queda en su sitio y termina su bebida en silencio. Después de un rato el moreno se tranquiliza y vuelve a sentarse sin dejar de sonreír. Los demás hombres se han puesto serios y miran a Álvaro, quien, después de terminarse el whisky en silencio, saca su cartera y la pone sobre la mesa. Comienza a desatarse las botas sin decir nada, se las quita y las deja en el suelo. Los hombres se miran entre ellos; el turco toma las botas y las compara con las suelas de sus zapatos. Mira cómo cae sobre la mesa una chamarra, una camisa, un cinturón.
Álvaro camina hacia proa sin que nadie lo siga; sin que los jóvenes se asomen de sus sacos de dormir, sin que el barman deje de preparar bebidas. Se dirige hacia el barandal derecho, observa la espuma que el barco va dejando y se inclina hacia adelante. Uno de los alemanes se levanta de la mesa y va hacia él, pero antes de que alcance a decir cualquier cosa Álvaro se precipita y su cuerpo desaparece entre el agua helada. Los demás corren hacia el barandal, pero no hacen más que quedarse mirando hacia atrás una mancha que se hace más y más pequeña.
Vuelven a la mesa y se miran sin creer lo que han visto. No pronuncian palabra. El alemán bajito abre la boca sin poder decir nada. El turco toma la cartera que está en la mesa y la examina sonriente. Extrae de ella un fajo de billetes color violeta, nuevos, de 500 euros. Empieza a contarlos, son más de veinte. Rápidamente va por la mochila y comienza a vaciarla sobre la mesa. Encuentra algunas camisetas, un pantalón, una sudadera, unos tennis, un par de libros en español, un desodorante y un cepillo de dientes. Un pasaporte les dice que tenía 26 años. Entre todos revisan los bolsillos de las prendas ávidamente. Dentro de un abrigo corto, el italiano encuentra una carta. “¿Qué dice?”, preguntan todos en inglés. “No sé, está en español.” “¿Y no es igual que el italiano?” pregunta el turco. “No. Pero firma una Matilde”. El turco toma la carta, se levanta de la silla y la arroja por el barandal por el que saltó Álvaro. Enciende un cigarro. Vuelve a la mesa. “¿Do we play again?”
1 comentarios:
Muy buen cuento, y me hace pensar en lo pequeño que es el mundo. Y creo que por un tiempo dejaré los juegos de azar. Saludos
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