miércoles, 3 de mayo de 2017

Juan Marsé, narrador de aventis

En la Barcelona de la posguerra, en la década de 1940, las familias catalanas, como en el resto de España, se enfrentaron con todo tipo de precariedades, rigideces, ausencias —sobre todo de los padres— y autoritarismo por parte del Gobierno franquista. Lluís Companys, presidente de la Generalitat, se exilió en Francia, en donde fue capturado y repatriado para finalmente ser fusilado en el castillo de Montjuic. Numerosos intelectuales, como Ramón Xirau, Agustí Bartra y Josep Carner, entre otros, se refugiaron en el exilio, de donde, en muchos casos, no volverían. Ante este escenario, los “niños de la guerra”, así llamados por la escritora Carme Riera, crecieron en una atmósfera de orfandad —tanto biológica como intelectual— que Juan Marsé (Barcelona, 1933) ha retratado en buena parte de sus novelas, entre las que destaca, por su crudeza y la complejidad de su trama, Si te dicen que caí (Editorial Novaro, 1973). Esta obra, ganadora del Premio Internacional Novela México, fue prohibida en España y en un principio sólo pudo ver la luz en nuestro país. Retrata de manera caleidoscópica la historia de un grupo de jóvenes de un barrio pobre que ya no existe en Barcelona, en palabras de Marsé, “los furiosos muchachos de la posguerra que compartieron conmigo las calles leprosas y los juegos atroces, el miedo, el hambre y el frío”.
En la década de 1950, los niños de la guerra, nacidos en los años veinte y treinta, retrataron las estrecheces económicas y la represión que habían vivido durante su infancia y que seguían vigentes en buena medida bajo el régimen franquista; sin embargo, la distancia les permitió adoptar una postura crítica, distinta a aquella de los autores que lograron publicar en la inmediata posguerra. Esto propició la producción de una literatura comprometida que plasmó en sus páginas las consecuencias del conflicto bélico no sólo en los planos político y social, sino en el ánimo de los españoles que se veían obligados a aceptar todo tipo de trabajos, imposiciones —como no hablar su propia lengua—, privaciones y migrar de una ciudad a otra en busca de oportunidades. A Barcelona, por ejemplo, llegaban migrantes de otras regiones, sobre todo de Andalucía y Murcia, a quienes se denominaba charnegos de manera peyorativa, y a quienes se veía con una mezcla de temor y desprecio, porque aun en situaciones de precariedad hay jerarquías. Uno de los cuentos de Juan Marsé, “El fantasma del cine Roxy”, hace una apología de esta figura al comparar a un inmigrante desempleado con el protagonista del wéstern Shane, el desconocido (George Stevens, 1953). En el relato, un charnego recién llegado a la ciudad defiende a una madre soltera, dueña de una librería, de los Guardias Civiles que le prohíben vender libros en catalán, reproduciendo diálogos y comportamientos del heroico pistolero del lejano oeste de la película que, a su vez, defiende a una familia a la que unos bandoleros pretenden quitarle sus tierras.
La Generación del Medio Siglo, que incluye escritores como Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite, Juan Goytisolo, Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos y Ana María Matute, entre otros, se dio a la tarea de retratar esta época de atraso e injusticias por medio de una serie de narraciones entre las que destacan Los bravos (Fernández Santos), Señas de identidad (Goytisolo) y El Jarama (Sánchez Ferlosio), por mencionar algunas. Sin embargo, esta narrativa, denominada realismo social, fue criticada por anteponer la ética a la estética, la ideología a la literatura, por lo que Marsé procuró dirigir sus líneas hacia otras vertientes e incluso incursionar en lo fantástico en algunos de sus relatos.
En este contexto nacen las aventis, historias de aventuras que los niños narraban en grupo para entretenerse. Chismes de barrio mezclados con lo que escuchaban en casa, el regreso de un combatiente que volvía del exilio, por ejemplo, aderezados con tramas de películas, cuentos policiacos, novelas de vaqueros y tebeos. Todo aquello que les sirviera para urdir la trama de una historia maravillosa e inverosímil que los alejara de las privaciones de su cotidianidad, y crear un universo al que pudieran asirse para evadir el mundo hostil en el que vivían. Se trataba de juegos de la memoria que oscilaban entre la verdad y la mentira, en los que se introducían a sí mismos como personajes buscando encontrar, ahí sí, un final satisfactorio.
Muchos niños de esta generación se criaron en las calles, en una libertad que fue carencia, primero, y paraíso perdido, después. La Barcelona de Juan Marsé es la de los perdedores, la de chavales haciendo recados por unos centavos en los barrios del Guinardó y del Carmelo. Como menciona Fernando Valls, los odios aún frescos de la guerra, la miseria y la sordidez convierten a estos personajes en “microcosmos de la postrada España del franquismo”.
Las aventis que se gestaron durante esta época se encuentran en la memoria de Marsé, quien obtuvo el Premio Cervantes en 2008, y han sido puestas por escrito en los relatos publicados entre 1957 y 1994, reunidos en el volumen Cuentos completos (Austral, 2002). Pero las evocaciones de esos años lo han acompañado por más de seis décadas, creando un cúmulo magnífico que, como la creciente bola de nieve que es la memoria, según Bergson, sigue dando frutos. Desde la aparición de Si te dicen que caí, aquella gran aventi que lleva adentro numerosas pequeñas aventis, el autor catalán no ha cesado en la recuperación de sus recuerdos y los de toda una generación. Las aventis y lo sucedido en aquella posguerra han poblado las páginas de novelas como Un día volveré (1982), El embrujo de Shanghai (1993), Rabos de lagartija (2000) y Caligrafía de los sueños (2011), y se asoman también en su obra más reciente, Esa puta tan distinguida (2016), entre otras. Larga vida a Juan Marsé, narrador de aventis. ~

domingo, 28 de febrero de 2016

El equilibrista del mar


Estas son las primeras ilustraciones de "El equilibrista del mar", que comienza así:



Fito vivía en una ciudad muy grande, en un edificio altísimo, y soñaba con el mar. Los fines de semana se reunía con un grupo de amigos con los que practicaba actividades al aire libre. A veces andaban en bicicleta, corrían, hacían malabares y trucos en monociclo. Fito y sus amigos tenían alma de cirqueros. Algunos de ellos hacían piruetas en el aire enredados en una tela azul muy larga. Fito y sus amigos bailaban, daban brincos y caminaban sobre cuerdas. Ésa era la especialidad de Fito, caminar sobre una cuerda extendida, muy tensa, que casi no se movía a su paso, pues era un muchacho muy ligero. A veces imaginaba que caminaba sobre la cuerda a sólo unos metros del mar, tan cerca, que sentía el salpicar de las olas en sus piernas.
Un sábado por la mañana, mientras sus amigos hacían malabares y piruetas, Fito compartió con ellos su fantasía de caminar en una cuerda sobre el mar. Todos se maravillaron con la idea. Caro se desenredó de la tela azul de la que estaba colgada, Simón soltó las pelotas con las que hacía malabares y Santiago dejó caer el hula hula mientras su cintura dejaba de girar poco a poco.
—¡Qué buena idea! —dijo Caro—. Hacer equilibrismo en el mar.
—Necesitaremos una cuerda larguísima —dijo Simón.
—Tendremos que atar muchas cuerdas, una no va a alcanzar —dijo Santiago.
—Pero es sólo una fantasía —dijo Fito—. Nunca encontraría una cuerda tan larga. Además, el mar está lejos. Lejísimos.



Fito y sus amigos sí fueron al mar (como se ve en la ilustración de abajo) y les pasaron muchas cosas que se sabrán algún día, si este cuento llega a buen puerto y logra ver la luz.

Mientras quería compartir estas imágenes porque las hizo Martha, una amiga pirata y escenógrafa y deportista y una persona lindísima. De ésas que hacen reír mucho y siempre dejan a uno de buenas. Y Martha ya no está aquí y no va a poder hacer las demás ilustraciones. Pero hizo éstas, que son muy bonitas. Y tal vez un día alguien haga todas las que faltan.


martes, 17 de marzo de 2015

Dibujos fantásticos

Mi tercera colaboración con Dignifica tu Vida como parte del programa Mochila Completa. Esperamos que lo disfruten muchos niños .

viernes, 27 de septiembre de 2013

 Aquí la portada de El sauce ladrón, publicado en agosto por Dignifica tu Vida, IAP, junto con La borrega dientona, de Rodrigo Bustamante.

Agrego el texto:



El sauce ladrón

El balón de futbol ya tenía sus años. Se lo habían regalado a José cuando cumplió diez y ya tenía casi doce. Aquella tarde Mauricio era el portero, su equipo iba ganando 3-2 y a José le tocaba tirar un penalti. Estaba muy concentrado, dio un par de pasos hacia atrás y pateó con todas sus fuerzas. Mauricio cerró los ojos al escuchar el golpe. El balón salió disparado hacia arriba, pasó muy por encima de la portería (al menos dos metros) y siguió su curso bajo el cielo dorado de octubre hasta instalarse entre las ramas de un sauce.
            Los reclamos de sus compañeros no se hicieron esperar. Tanto los del equipo de José como los del de Mauricio daban muestras de fastidio. El balón reposaba entre dos gruesas ramas. Nico, que era el más grande de todos, intentó sacudir el tronco del árbol, lo pateó e insultó, pero éste no se movió un centímetro. Era demasiado grueso para tambalearse con los esfuerzos de un niño.
            Matías, que era el más pequeñito, intentó subirse a las ramas, con ayuda de Nico, que le hacía pie de ladrón, pero éstas comenzaban a crecer demasiado arriba. Era imposible llegar al balón sin una escalera, y ninguno tenía una a la mano. Entonces José tuvo una idea:
—Creo que deberíamos aventar otra cosa para que le pegue al balón y se caiga.
—Muy bien, ¿cómo qué? —preguntó Nico.
—Una piedra —continuó José.

Buscaron por todo el jardín y en poco tiempo reunieron una montañita de piedras pequeñas. Comenzaron a arrojarlas hacia el balón por turnos. Nico fue el primero. Su piedra pasó demasiado alto, incluso por encima del árbol. La de Matías golpeó una de las ramas más bajas y, al rebotar, le pegó a José en la pierna, quien dejó escapar un alarido. La de Mauricio golpeó una de las ramas sobre las que descansaba el balón, pero éste no hizo más que moverse unos milímetros y volver a su sitio. Faltaban Juan y Miguel. El primero tiró la piedra cerca del balón, pero no lo suficiente. Cuando le tocó a Miguel, un niño rubio, muy delgadito y con lentes, todos se sorprendieron. Fue el único que consiguió atinarle. Sin embargo, la piedra no era lo suficientemente pesada y rebotó al pasto tras emitir un golpe seco al chocar contra el balón. Así que se pusieron a juntar piedras más grandes y a lanzarlas otra vez. La piedra de Miguel volvió a dar en el blanco, pero otra vez el balón no hizo más que temblar un poco. Los niños comenzaron a desesperarse; todo era inútil. Nico les dijo a los demás:
—Yo creo que lo que tenemos que hacer es aventar algo más grande.
—Pero si aventamos una roca podemos descalabrar a alguien —objetó José.
—No, una roca no —respondió Nico.
—¿Entonces? —preguntó Matías.
—Algo grande pero más ligero —dijo Nico pensativo, y de pronto gritó— ¡un zapato!
—A ver, avienta el tuyo —lo retó Matías.
—El mío ¿por qué?, si el balón es de José —explicó Nico.
—Pero la idea fue tuya —alegó José—. Además, el balón lo usamos todos.
—Mejor hay que echarlo a la suerte —sugirió Miguel.

Todos estuvieron de acuerdo. Juntaron cinco ramitas del mismo tamaño y una más pequeña que el resto. Quien sacara la más corta tendría que prestar su zapato para lanzarlo contra el balón. Le tocó a José, quien, resignado, se desamarró una de las botas y la lanzó con todas sus fuerzas. La bota voló y pasó cerca del balón hasta detenerse entre otras dos ramas, atorada.
            José, enojado con Nico, que había tenido la idea, le dijo que ahora él aventara uno de sus bonitos zapatos nuevos, para ver si él recuperaba su bota.
—No puedo —le dijo Nico—. Si llego descalzo a casa me ponen una regañiza y no salgo en toda la semana.
—¿Y crees que a mí no me van a decir nada por llegar sin una bota? —preguntó molesto José.
—Pero mira —dijo de pronto Mauricio, que era gordito y muy sonriente—, yo digo que de todos modos no te sirve de nada una sola bota. Yo que tú aventaba la otra de una vez. Puede ser que recuperes la primera o que te quedes sin las dos, pero ya no hay mucha diferencia.

José lo pensó un momento y concluyó, a su pesar, que Mauricio tenía razón. Valía la pena arriesgar la bota derecha por recuperar la izquierda y el balón. Era cierto, daba igual tener una que ninguna. Cuando estaba por lanzarla Miguel lo detuvo. Le dijo que él había demostrado tener mejor puntería que los demás, y se ofreció a hacerlo por él. José se resistió un poco, pero acabó por darle la razón.
            Miguel tomó la bota por una de las agujetas, le dio algunas vueltas, como si se tratara de la cuerda de un vaquero, y la arrojó hacia lo alto. La bota de José rozó el balón, se aproximó hacia la bota izquierda, la rebasó, subió aún más y se quedó atorada entre unas ramas más altas.
—¡Pero qué idea más tonta! —gritó José—. No sé cómo pude hacerles caso. Creo que mejor ya me voy, antes de que me convenzan de aventar mi suéter y, sobre todo, antes de que llegue mi mamá a la casa. Voy a ponerme otros zapatos y esperar que nadie se dé cuenta de que no están las botas. Pero ustedes tienen que ayudarme a recuperar mis cosas. No voy a ser el único que se queda sin balón y sin botas. Así que mañana cada quien trae algo para aventar al árbol a ver si cae lo demás. ¡Y más les vale que sea algo que sirva! —concluyó gritando mientras se alejaba del parque.

Todos los niños estuvieron de acuerdo. Se quedaron un momento en silencio mientras veían a José alejarse dando pasos cortos y muy rápidos y ensuciándose los calcetines. Se quedaron ahí un rato más. Se sentían mal de que José hubiera perdido sus cosas, pero no podían evitar que les diera un poco de risa.
            Al llegar a sus casas todos buscaron en sus cuartos algo que pudieran llevar al día siguiente. Objetos medianos y ligeros que pudieran arrojar con facilidad. Algunos de ellos incluso practicaron sus lanzamientos.
            Al día siguiente volvieron a encontrarse por la tarde, después de comer. Como habían quedado el día anterior, cada uno de ellos llevaba oculto un objeto para recuperar las cosas de José. Mauricio llevaba un trompo; Miguel, el vagón de un trenecito de madera; Juan, un yo-yo muy grande; Nico, una manopla de beisbol; Matías, una muñeca de su hermanita y José, una pelota de tenis, aunque él creía que ya no le tocaba aventar nada.
            Se encontraron bajo el árbol y mostraron a los demás lo que habían llevado. No estuvieron muy de acuerdo en que Miguel llevara sólo un vagón, en vez del tren completo, ni en que Matías le hubiera cogido un juguete a su hermana, puesto que los demás llevaban cosas propias y enteras. Pero aun así se dispusieron a lanzar los juguetes haciendo su mejor esfuerzo por tener buena puntería.
Volvieron a hacerlo por turnos: el trompo, el vagón, el yo-yo, la manopla, la muñeca y la pelota. Lo que ocurrió a continuación dejó a todos los niños con la boca abierta. Todos y cada uno de los objetos que arrojaron fueron acomodándose entre las ramas del sauce. Era inútil, parecía que el árbol se burlaba de ellos y disfrutaba adueñándose de sus pertenencias. Cuando se les terminaron los juguetes se sentaron en el pasto y se quedaron mirando el follaje del sauce ladrón. Ya no sabían qué hacer.
José propuso que hicieran una escalera humana para que uno de ellos subiera hasta las ramas del árbol y bajara los juguetes. A los demás les pareció una buena idea. Acordaron que Nico se quedaría abajo sosteniendo a los demás y que Matías, por ser el más ligero, sería el último en subir. Decidieron también que Mauricio, por estar un poco pasadito de peso, se quedaría para ayudar a los otros a ir subiendo. Así lo hicieron. Juan se paró sobre los hombros de Nico; José, con ayuda de Mauricio, escaló sobre sus amigos y se colocó encima de los hombros de Juan. Pero las ramas aún se veían lejos. Era como si el sauce fuera creciendo a medida que se iban subiendo unos sobre otros. Cuando tocó el turno de Matías, la carga se hizo insostenible para Nico. Le temblaron las piernas y faltó poco para que todos cayeran al suelo. Afortunadamente, José descendió deprisa y entre Mauricio y Miguel, ayudaron a bajar a Juan.
Se quedaron un rato tumbados sobre el pasto. No comprendían cómo el árbol se resistía tanto a devolverles sus juguetes. Pensaron en pedir ayuda a un adulto, pero Matías alegó que no harían nada más que regañarlos y castigarlos. Prefirieron dejar las cosas como estaban. Una semana después fue el cumpleaños de Juan y su papá le regaló un balón de futbol. Así, pudieron volver a sus juegos habituales y poco a poco fueron olvidándose del sauce. De vez en cuando, si alguno de ellos se cansaba de uno de sus juguetes, lo arrojaba con fuerza hacia las ramas del árbol esperando que cayera algún objeto. Pero siempre en vano. Quedaron también atrapados un helicóptero, varios cochecitos metálicos, un títere, el resto de los vagones del tren y algunas pelotas viejas de beisbol.
Con el paso del tiempo el follaje del árbol se hizo más frondoso y ya casi no se veían los objetos que escondía. Cuando los niños pasaban por ahí miraban hacia arriba para ver si aún estaban ahí sus pertenencias. Y aunque ya no alcanzaban a verlas, era imposible que alguien las hubiera descubierto. Algunos años después, Juan y Matías se fueron a vivir a otro barrio y el resto de los niños crecieron y dejaron de ir al parque. Comenzaron a salir al cine o al billar en vez de salir a la calle con sus amigos. Se inscribieron a la universidad, se mudaron a otras ciudades, se casaron, tuvieron sus propios hijos. Y todos se olvidaron del sauce.

Muchos años después, en el barrio donde estaba el parque construyeron edificios muy altos. En esos edificios vivían muchos niños, pero casi nunca salían de sus departamentos. Preferían jugar en sus casas con sus videojuegos o ver la televisión durante horas y horas. El parque estaba vacío casi siempre y ya nadie usaba el pasamanos y la resbaladilla. Ya nadie jugaba futbol. Los niños no conocían a sus vecinos. Cuando se encontraban en el elevador casi siempre iban con sus padres y sólo se miraban sin dirigirse la palabra.
            A Matilde, una niña con pecas y ojos muy grandes que vivía en uno de esos edificios, le daban ganas de conocer a los demás niños, pero sus papás no la dejaban salir sola, le decían que era peligroso. Y nunca tenían tiempo de bajar al parque con ella. Así que pasaba las tardes sola, leyendo, viendo la tele o asomándose por la ventana mirando a las personas que pasaban por la calle. Le llamaba la atención aquel árbol solitario que tenía las ramas tan gruesas. Pensaba que debía de llevar ahí muchos años. Y que si su papá la ayudara podría colgar de él un columpio. Pero él no tendría tiempo para eso. Y Matilde volvía a sus libros.
            Ese año el invierno llegó muy pronto. Desde noviembre un frío viento soplaba con fuerza. El pasto del parque perdió su color verde y fue volviéndose amarillo. La gente llevaba abrigos y guantes; las calles estaban casi desiertas y nadie salía por las noches. Todos se encerraban pronto en sus casas y cenaban muy juntos mirando el televisor. Las plantas morían a causa de las bajas temperaturas y los árboles perdían las pocas hojas que les quedaban. Una tarde de diciembre, una nevada sorprendió a la ciudad. Las clases se suspendieron y muchas oficinas cerraron sus puertas.
            A la mañana siguiente, Matilde, feliz por no tener que ir a clases, se levantó temprano y se asomó por la ventana. Las calles estaban cubiertas de nieve y algunos vecinos bajaban a quitarla de las entradas de los edificios. Desayunó rápido con sus papás y volvió a su habitación. Le gustaba admirar la blancura del parque. Se dio cuenta de que el árbol que tanto le intrigaba, en medio del parque, había perdido todas sus hojas tras la helada. Y descubrió que había entre sus ramas objetos de colores que no distinguía muy bien. Corrió al cuarto de sus papás y sacó de un cajón unos binoculares. Volvió a su ventana y vio que había en el árbol una pelota y otras cosas que nunca había visto. Se vistió en un santiamén y le pidió permiso a su mamá para bajar al parque y jugar con la nieve. Aunque normalmente le hubiera dicho que no, por ser una ocasión especial la dejó bajar un ratito. Le advirtió que no debía salir del parque ni hablar con extraños, y que debía estar de vuelta una hora después.
            Matilde no podía creer que le dieran permiso de bajar sola. Se puso su gorro y su bufanda y bajó corriendo por las escaleras para no tener que esperar el elevador. Llegó jadeando al parque. Al llegar ahí se dio cuenta de que no era la única a la que le habían dado permiso de salir. Otros niños iban llegando poco a poco. Como no se conocían, se iban presentando conforme se acercaban. Hacían bolas de nieve, las lanzaban, construían muñecos y se dejaban caer al suelo riéndose.
            Matilde se dirigió directamente al sauce que siempre veía desde la ventana. Desde allí parecía mucho más alto y las ramas más largas. Lo contempló un momento y luego fue fijando la mirada en los objetos que se encontraban entre las ramas. Creyó distinguir algo que parecía un zapato, una muñeca y otras cosas que no sabía para qué servían. Llamó a los demás niños, quienes se fueron acercando intrigados por lo que había encontrado Matilde. Decidieron ir en busca de Emilio, el cuidador, quien tenía en su casa todo tipo de herramientas, y quien seguramente tendría una escalera.
            Tocaron el timbre de su puerta y el cuidador abrió limpiándose las lagañas. Se sorprendió de ver a tanto niños juntos y gritando algo incomprensible. Matilde se acercó hasta él y le dijo que necesitaban urgentemente una escalera. Aunque Emilio no entendió para qué la querían, se las prestó con tal de que lo dejaran volver a la cama. Los niños estaban verdaderamente felices.
            Cargaron la escalera, que era muy grande, entre Matilde, Adrián —otro niño de su edificio— y Ángel, que era nuevo en el barrio. La colocaron firmemente sobre el árbol y, mientras Adrián subía, entre todos la detenían muy fuerte. Cuando llegó a las primeras ramas fue arrojando los objetos de uno en uno, los cuales iban cayendo sobre nieve. Primero el balón y las botas, luego el helicóptero, el trompo, los cochecitos y todo lo que encontró. Los demás niños iban tomando los juguetes y se preguntaban para qué servían, ya que ellos no estaban acostumbrados a jugar más que en la computadora o con videojuegos. Y poco a poco lo fueron descubriendo. Un niño enrolló la cuerda al trompo y luego lo arrojó al suelo mientras los demás veían asombrados que no dejaba de girar. Otro niño tomó el yoyo por la cuerda y vio maravillado cómo éste subía y bajaba. Otros niños se pusieron a patear la pelota. Dos niños pequeños comenzaron a jugar con los cochecitos. Otro juntaban los vagones del tren. Matilde se quitó los zapatos y se puso el par de botas que Adrián había bajado del árbol. Se ató las agujetas firmemente y se puso a saltar sobre la nieve. Nunca había estado tan contenta.
           




martes, 27 de agosto de 2013

jueves, 22 de noviembre de 2012

Una notita en La jornada sobre El cuaderno de Ana








Claudia Cabrera presentó su cuento para niños El cuaderno de Ana en la Filij

Joven autora propone recurrir a la memoria y la escritura para crear universos propios


Joselyn Castro

Miércoles 21 de noviembre de 2012, p. 8
Cómo solucionar la angustia de una niña quien cree que sólo puede tener cien recuerdos fue el detonante para que Claudia Cabrera Espinosa (DF, 1984) escribiera el cuento para niños El cuaderno de Ana, libro que fue presentado en la edición 32 Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (Filij), que terminó el pasado lunes.
“En 2011 el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) lanzó la convocatoria Cuenta conmigo, cuyo eje temático son los valores. Me puse a pensar y a escribir para saber qué valores quería transmitir y fueron la memoria y la escritura. Cómo por medio de la palabra escrita puedes acordarte de lo que quieras, crear tu propio universo”, dijo la autora en charla con La Jornada a propósito de su libro publicado por el Conafe, ganador del tercer lugar en el certamen.
El cuaderno de Ana narra la historia de una niña que, engañada por su hermano, cree que la memoria tiene capacidad para almacenar sólo cien recuerdos. Ana, ante el miedo de olvidar cosas como el nombre de sus amigos o sus comidas preferidas, decide apuntarlo todo en un diario. Así es como descubre el maravilloso mundo de las letras y la importancia de mantener los recuerdos, aun aquellos con los que es difícil lidiar, como la pérdida de su abuelo.
El segundo libro de cuentos infantiles de Claudia Cabrera, Una historia de aventis, surgió como un proyecto conjunto con la Fundación Bred: Banco de Ropa, Calzado, Juguetes y Enseres Domésticos, editado por Dignifica Tu Vida IAP, los cuales mediante el programa Mochilas completas, llevan útiles escolares, artículos de higiene personal y un libro a niños de comunidades apartadas del país.
Según la autora, el libro se basa en un juego que los niños españoles de la posguerra franquista realizaban para escaparse de la realidad un rato. La dinámica consiste en que un pequeño narra una historia y asigna un personaje a cada participante. Así, mientras el narrador hace su parte e interpreta el papel principal, los demás niños actúan de acuerdo con lo narrado. Después se alternan los papeles de mono en cada niño para narrar su historia.
Una historia de aventis, escrito para niños de comunidades indígenas, incluye un glosario” y será presentado el 5 de diciembre, a las 18 horas, en calle Hidalgo 61, colonia Del Carmen, Coyoacán.

En: http://www.jornada.unam.mx/2012/11/21/cultura/a08n1cul