jueves, 22 de noviembre de 2012

Una notita en La jornada sobre El cuaderno de Ana








Claudia Cabrera presentó su cuento para niños El cuaderno de Ana en la Filij

Joven autora propone recurrir a la memoria y la escritura para crear universos propios


Joselyn Castro

Miércoles 21 de noviembre de 2012, p. 8
Cómo solucionar la angustia de una niña quien cree que sólo puede tener cien recuerdos fue el detonante para que Claudia Cabrera Espinosa (DF, 1984) escribiera el cuento para niños El cuaderno de Ana, libro que fue presentado en la edición 32 Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (Filij), que terminó el pasado lunes.
“En 2011 el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) lanzó la convocatoria Cuenta conmigo, cuyo eje temático son los valores. Me puse a pensar y a escribir para saber qué valores quería transmitir y fueron la memoria y la escritura. Cómo por medio de la palabra escrita puedes acordarte de lo que quieras, crear tu propio universo”, dijo la autora en charla con La Jornada a propósito de su libro publicado por el Conafe, ganador del tercer lugar en el certamen.
El cuaderno de Ana narra la historia de una niña que, engañada por su hermano, cree que la memoria tiene capacidad para almacenar sólo cien recuerdos. Ana, ante el miedo de olvidar cosas como el nombre de sus amigos o sus comidas preferidas, decide apuntarlo todo en un diario. Así es como descubre el maravilloso mundo de las letras y la importancia de mantener los recuerdos, aun aquellos con los que es difícil lidiar, como la pérdida de su abuelo.
El segundo libro de cuentos infantiles de Claudia Cabrera, Una historia de aventis, surgió como un proyecto conjunto con la Fundación Bred: Banco de Ropa, Calzado, Juguetes y Enseres Domésticos, editado por Dignifica Tu Vida IAP, los cuales mediante el programa Mochilas completas, llevan útiles escolares, artículos de higiene personal y un libro a niños de comunidades apartadas del país.
Según la autora, el libro se basa en un juego que los niños españoles de la posguerra franquista realizaban para escaparse de la realidad un rato. La dinámica consiste en que un pequeño narra una historia y asigna un personaje a cada participante. Así, mientras el narrador hace su parte e interpreta el papel principal, los demás niños actúan de acuerdo con lo narrado. Después se alternan los papeles de mono en cada niño para narrar su historia.
Una historia de aventis, escrito para niños de comunidades indígenas, incluye un glosario” y será presentado el 5 de diciembre, a las 18 horas, en calle Hidalgo 61, colonia Del Carmen, Coyoacán.

En: http://www.jornada.unam.mx/2012/11/21/cultura/a08n1cul

lunes, 29 de octubre de 2012

 
Esta es la portada de mi libro El cuaderno de Ana, que fue tercer lugar en el concurso "Cuenta conmigo", del 
Consejo Nacional de Fomento Educativo. 

Cuenta la historia de Ana, una niña a la que su hermano mayor, Lolo, le dice que no puede escuchar sus historias porque según él, si andas por ahí escuchando cualquier cosa, luego no te queda hueco en la cabeza para lo que de verdad te interesa.

Lolo dice que sólo tenemos memoria para recordar cien cosas, por lo que debemos ser muy selectivos. Y que cada vez que aprendemos algo nuevo se nos olvida algo anterior.

Entonces Ana, muy preocupada, se dispone a hacer una lista de los cien recuerdos de su vida que quiere conservar. Pero no sabe cuáles elegir. Tiene recuerdos felices y recuerdos tristes y no sabe cuáles son los más importantes. Así que decide escribirlo todo.

El cuaderno de Ana se presentará el 11 de noviembre en la Feria de Libro Infantil y Juvenil (FILIJ), en el Centro Nacional de las Artes.

jueves, 16 de agosto de 2012

Aquí la portada de mi libro Una historia de aventis, publicado por Dignifica tu vida IAP.

La mala noticia es que no se puede conseguir en librerías. La buena, es que se lo enviarán a muchos niños que viven en comunidades rurales junto con una mochila llena de útiles, zapatos, ropa y otras cosas que necesitan para ir a la escuela.

Aquí la introducción:


¿Qué son las aventis?
Las aventis son un juego que surgió en España a mediados del siglo xx después de una guerra que duró tres años. Como el país vivía una situación muy difícil, algunos niños no tenían juguetes ni medios o espacios para jugar. Así que se reunían y realizaban una actividad para la que no necesitaban más que dar libertad a su fantasía: contar historias de aventuras. De este modo podían viajar a países lejanos y protagonizar sus propias historias maravillosas.
 
Para jugar a las aventis hay que sentarse en círculo e ir contando historias por turnos. Cuando te toca a ti, tú eres el protagonista y tienes que asignarle a cada uno de tus amigos un personaje para que participe. Se trata de inventar historias que ocurran en lugares remotos o imaginarios. Cuando se juega a las aventis todo es posible. Cada niño, en su turno, puede jugar a ser un gigante, una princesa o cualquier cosa que se le ocurra e imaginar todo tipo de situaciones fantásticas.

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Él es Bonifacio, uno de los niños que recibió el libro en el Albergue de Caxapotla, Puebla.

martes, 5 de junio de 2012

Calera



Relee el principio del cuento, pero aquellos párrafos no le dicen nada. Quién diablos es Damián, quiénes son Rosa, Amparo y Remedios. Por qué tienen nombres tan arcaicos. Reconoce su propia letra en el cuaderno y lee que las tres mujeres rezaban cuando Damián entró en la habitación, que estaban vestidas de negro y tenían los ojos hinchados. Estaban sentadas alrededor de un ataúd cerrado; Damián interrumpió el rezo, las lágrimas y los suspiros. Parecía que no debía estar ahí. Quizás había salido a conseguir algo, ¿pero qué? En el cuaderno se lee también que era de noche y que era una casa pobre: “sólo unas cuantas sillas y un foco desnudo”. Ahí se detiene su letra insegura, temblorosa, escrita con una pluma que apenas rozó el papel a rayas.
            Emilia lee muy concentrada todos los detalles y trata de continuar la historia. No se atreve aún a escribir nada. Se imagina el foco, la palabra foco, hubiera preferido “bombilla”, más elegante. Y una descripción de las sillas, de madera, de mimbre, apolilladas. Cierra los ojos para imaginarse a Damián, moreno, fuerte, con bigote. O sin él. Sin bigote. Moreno, pero con ojos verdes, almendrados. Alto, pero no demasiado, lo justo. Las mujeres muy jóvenes, aunque envejecidas por el luto. O mejor tres viejas, dos muy delgadas y una gorda, con muchas canas y un pañuelo en la cabeza que no puede cubrir el cabello blanco. Entonces Damián es el hijo de una de ellas, o el nieto, por la edad, si ellas son viejas y él tiene unos veinte años será su nieto. El nieto de Remedios. Remedios es una de las mujeres delgadas, sus ojos también son avellanados. Damián había salido a avisar a Juan, su padre. Juan había ido al pueblo a buscar medicinas, pero no las encontró y le habían dicho que tenía que ir a Calera, que ahí las conseguiría. Le llevó todo el día llegar a la clínica en donde las encontró, finalmente. Fue a la mañana siguiente cuando Clara, la madre de Damián, murió de un paro respiratorio. No pudo soportar la enfermedad. Y su marido había encontrado por fin las medicinas, pero ya no le servirían de nada.
            Juan salió victorioso de la clínica con las medicinas en la mano. Tuvo que dormir en Calera esa noche y por la mañana, tras un frugal almuerzo, se tomó una cerveza en una cantina en lo que salía el autobús. Nomás una. No podía derrochar en esas circunstancias, pero el calor ya no lo dejaba respirar. Necesitaba descansar un rato en la sombra. Cuando Damián llegó al pueblo le dijeron que su padre había ido a Calera. Dejó recado de que le dieran la noticia. Pero luego se arrepintió, para qué se iba a enterar por boca de extraños. Iría directamente a la casa, de todos modos. Mejor no le digan nada. Y volvió solo. Por eso las mujeres se sorprendieron. Porque Juan no venía con él.
            En ese momento Cristina entra al estudio con un vaso de agua en la mano. Doña Emi, le tocan las pastillas de las cuatro. Emilia gira la cabeza bruscamente. Las cuatro. ¿Cuáles pastillas? Las pastillas doña Emi, tómeselas por favor. Emilia mira detenidamente a Cristina tratando de reconocerla. Lleva un delantal blanco y sus caderas son amplias. Su sonrisa invita a la confianza. Emilia deja la pluma en la mesa y extiende una mano temblorosa surcada por arrugas, se toma las pastillas y da un lento sorbo de agua. Muy bien doña Emi, en un ratito le subo el té. ¿Cuál té? Pero Cristina ya baja las escaleras y no puede escucharla. Emilia se queda un momento mirando el cerezo del jardín a través de la ventana. Llueve. Luego vuelve al cuaderno.
Relee el principio del cuento, pero aquellos párrafos no le dicen nada. Quién diablos es Damián, quiénes son Rosa, Amparo y Remedios. Por qué tienen nombres tan arcaicos. Cierra los ojos y trata de recrear la escena. Tres muchachitas solas con lágrimas en los ojos. Huérfanas, indefensas. Damián debe de ser un pariente a quien han dado la noticia y viene a hacerse cargo de ellas. Las niñas lo miran con temor, pero los ojos negros del extraño poco a poco van inspirándoles confianza. Él les explica quién es, les dice que va a ayudarlas.

lunes, 20 de febrero de 2012

Para subir al cielo

Ilustración: Augusto Metztli



 Margarita sube las escaleras poco a poco. Tiene los pies cansados y algunos kilos que se le han acumulado en el vientre, en las caderas, en los pechos. Son escaleras de caracol, negras, frías, de hierro, y aún gotean por la lluvia de la mañana. Sube un pie con trabajo y luego el otro. Siempre los dos en el mismo escalón antes de continuar. Toma un respiro. Recuerda.
            Sus hijas pidiéndole que firme el testamento, Mateo mirándola con sus ojitos negros diciéndole “termina ya abue y vamos a jugar”. Y ella sonriendo en la cama de hospital que instalaron en su habitación para las últimas semanas. Cómo no dejárselo todo. A él y a ellas. “Sólo falta que te decidas mamá, tenemos reservado el lugar en el panteón, pero puedes preferir la incineración. Ya sé que es duro, pero queremos que nos digas tú”. Las lágrimas en los ojos de Julia, las risas de Mateo en el jardín. No sé, necesito un momento, no sé. Vuelvan mañana.
            Margarita se imagina viva dentro del ataúd. Viendo a un desconocido cerrándolo y ella tratando de decirle que se detenga, que aún no ha muerto, sin poder moverse. Y ya dentro, en la oscuridad, helándose y sintiendo a los gusanos devorando sus tobillos, sus axilas. El purgatorio. Otras veces se ve en una camilla en la que la meten al horno. Su cuerpo desnudo, sus cicatrices, sus carnes a la vista de todo el mundo. Y el fuego quemándole las piernas y ella sin poder gritar y su cabellera dejando un hedor insoportable al extinguirse. El infierno.
            Se sujeta firmemente del barandal. Sube los escalones que le faltan tomándose su tiempo para cada uno. Cuando ha llegado a la azotea se extiende boca arriba sobre el techo de la casa. Mira el cielo sin parpadear durante una eternidad. Sabe que nunca se les ocurriría buscarla ahí.