viernes, 5 de noviembre de 2010

Praça da Alegria




Por eso es que los ancianos se arrugan, huelen mal y son necios, porque así se les extraña menos cuando mueren. Algunos siguen imaginando que son hermosos y que se les admira, eso es lo mejor que les puede pasar, no enterarse de nada. Los hombres mueren pronto para no quedarse solos, porque no saben. Las mujeres, en cambio, los sobreviven y aguantan la soledad del mercado y las novelas.
Gracias a Dios también van perdiendo la memoria y muchas veces el sentido; así es mejor para todos, incluso para ellos. Mi hermana Carmen, varios años después de que su marido hubiera fallecido, preguntaba a mitad de la comida ¿Y Julio no va a venir? Nosotros nos quedábamos callados sin saber qué hacer. No queríamos recordarle que había muerto, así, de golpe, pero tampoco podíamos mentirle. Y después de un breve silencio ella sola se contestaba: Ah, ya me acuerdo. Y se le humedecían los ojos durante algunos minutos. Yo no sabía si la tristeza era por la muerte del marido, porque se daba cuenta de que estaba senil o por la vergüenza. Pero luego seguíamos comiendo y cambiábamos el tema.
Otras veces no se acordaba si se había bañado y tenía que tocarse el cabello para ver si estaba húmedo. Claro que si se le había secado ya, se metía a la ducha enseguida. Algunas veces se guiaba por el maquillaje, nunca por el reloj. Ese reloj maligno que le decía que eran las siete. Y ella no sabía de qué. Miraba el cielo y ese color grisáceo no le decía nada. No sabía si prepararse el desayuno o la cena. Si bañarse o ponerse la pijama. Si despertar o dormir. Pero tenía algunas pistas. Una concha en un plato estaba a medio comer y comenzaba a endurecerse.
El café estaba helado. Concluía que la jornada estaba por terminar y suspiraba aliviada. Entonces sonaba el teléfono; era yo. Le decía que pasaba por ella a las ocho. Y ella, con el despiste del ring y echar la carrera para contestar olvidaba lo que recién había recordado y me preguntaba:
—¿A las ocho de qué?
—A las ocho de la noche, en una hora. Vamos a cenar a casa de Rita.
—¿Rita?
—Tu sobrina Rita.
—¿Quién habla?
—Mira la foto de la mesilla, ¿ves al guapo que está a tu derecha? Ese habla. Ahora nos vemos.

Y Carmen miraba la foto. Se observaba a sí misma algunos años antes y luego al hombre que estaba junto a ella y pronunciaba en voz baja:
Miguel…
Aunque Carmen no se daba cuenta por completo, yo trataba de llamarla varias veces al día para ubicarla en el espacio-tiempo. Buenos días hermana. ¿Ya comiste? ¿Ya empezó tu novela? ¿Ya te vas a dormir? ¿Viste qué bello día de primavera? La Ciudad de México está imposible.  No ha dejado de llover en todo el verano.
Algunas veces Carmen pensaba que seguía en Porto, donde vivió algunos años, y le hablaba en portugués a Esther, la chica que iba a cuidarla. Afortunadamente ella no se ofendía; incluso le tomó gusto a la costumbre y aprendió algunas palabras. ¿Quer sopa de legumes hoje? Sim. Pero luego Carmen le contaba historias demasiado largas y ella se perdía y comenzaba a desesperarse y en cuanto estaba a punto de decirle algo al respecto, mi hermana volvía al español sin enterarse de nada.
Cuando Esther suspiraba, aliviada, Carmen le pedía que dieran un paseo por el parque Da Cidade. La muchacha le decía que Sim, claro. Cogían los abrigos, las bolsas y se dirigían al parque Hundido. Se sentaban en una banca hasta que mi hermana preguntaba a qué hora iba a recogerlas Julio. No, hoy no viene él, hoy volvemos caminando porque el día está muy bonito, decía Esther, aunque el cielo estuviera completamente nublado. En el camino de vuelta no se hablaba, ni en español ni en portugués. La joven iba un poco adelante porque sabía que Carmen podía tomar cualquier dirección y no le gustaba contrariarla. Compraban pan o tamales y al llegar a casa prendían la tele.
Mi hermana reía con las caricaturas, lloraba con las telenovelas y competía con los participantes de los programas de concursos. Capital de Nepal, ¡Katmandú! Y Esther le preguntaba ¿Cómo se acuerda usted de eso? A lo que le contestaba: Niña, ¿qué tú no fuiste a la primaria? Pues sí, pero no recuerdo que me lo hayan enseñado.
Al terminar la emisión Carmen preguntaba si se iban a ir ya. A lo que la muchacha contestaba que esa noche se quedarían ahí. ¿Y eso por qué? Pues por variar. Y permanecía ahí hasta que mi hermana se metía a la cama.
Con el transcurso de los años Esther conocía casi por completo la historia de Carmen, que había ido armando de manera fragmentada y seguido como una novela. Tomó varios cursos de portugués ―patrocinados por mí― y no tenía problemas con ir de un idioma a otro.
Sentía un genuino cariño hacia mi hermana y no le importaba que no recordara en la noche lo que le contaba por la mañana. Algunas veces, incluso, inventaba historias en las que ella también había recorrido las calles de Porto tras un largo viaje desde Lisboa. A veces era ella quien estudió en el Conservatório de Música y quien paseaba por los Jardins de Nova Sintra.
Un día me preguntó si sería posible que Carmen y ella fueran a vivir a Porto. Me dijo que creía que le vendría bien a la señora visitar de nuevo todos esos lugares de los que no dejaba de hablar. Yo no sabía si Esther imaginaba que Portugal era un estado próximo, entre Toluca y Puebla, o si había perdido la razón por pasar tanto tiempo con mi hermana. En cualquier caso le contesté que eso, desafortunadamente, era imposible. Que Carmen necesitaba muchos cuidados y que nosotros también queríamos estar cerca de ella. Que los vuelos eran carísimos y que no, no había manera.
Entonces fue cuando Esther decidió dejar de darle las pastillas. Creyó que era mejor para mi hermana, y quizás también para ella, vivir de los recuerdos, en el parque Da Cidade y al lado de Julio, a quien conoció una tarde lluviosa en el Café La Habana, como se lo había contado varias veces. Esther, por su parte, en sus conversaciones imaginarias ya había conocido a Mauricio, un colombiano con el que bailaba salsa los sábados y con quien paseaba y tomaba café los domingos después de su paseo por la Praça da Alegria.
Pasaron varias semanas en las que compartieron infinidad de recuerdos al lado de Julio y Mauricio. Recuerdos que Carmen había vivido y en los que Esther, después de recorrerlos tantas veces, también comenzaba a creer. Pero ella no sabía que la pérdida de la memoria de mi hermana era la punta del iceberg de su enfermedad y que su cerebro cada vez se parecía más a un queso gruyere.
Sólo acudió a mí cuando Carmen dejó de reconocerla por completo y después de que una mañana intentó morderla cuando le daba el desayuno. Me confesó que había dejado de darle el medicamento, que ella creía que mi hermana era mucho más feliz desde entonces, pero que ya no sabía qué hacer. Le contesté que recogiera sus cosas y que se largara en ese instante. Mientras ella empacaba entre lágrimas y yo esperaba al doctor, le pregunté dónde estaban las pastillas. Se quedó quieta un instante y me dijo que se las había tomado todas. No quería olvidar nunca los paseos por el parque Da Cidade.

jueves, 22 de julio de 2010

Cobro

...

Agujeritos



Se inscribió a un curso que duraba todo el verano. Le daba igual perderse a las chicas que paseaban en faldita, las caminatas por la playa y las cervezas en el parque. Apenas contestaba el teléfono cuando sus amigos se empecinaban en que saliera a dar una vuelta, carajo que llevas no sé cuánto tiempo ahí encerrado y mira nomás el buen tiempo que hace. Le dolió un poco perderse la fiesta de la recién llegada de ojos pizpiretos, pero ya iban a ver todos cómo se hacía millonario, cómo había tenido tanta visión y cómo iba a triunfar. Pasaba tardes y noches haciendo agujeritos en unas tarjetas que le habían dado en el curso y se asombraba de toda la información que podía transmitirse gracias a ellas. Sabía que había mucho más gente como él, gente que tomaba el toro por los cuernos y enfrentaba, no, desafiaba al futuro.
            Tenía un sistema de perforaciones que no podía tener símil en el mundo, estaba convencido, y esperaba tener pronto una oportunidad para demostrarlo. Seguro que en cualquier momento lo invitarían a un congreso de perforadores donde podría demostrar sus habilidades que progresaban día con día a velocidades insospechadas.
            Lo contrataron en una nueva compañía que era la materialización de toda vanguardia, y aunque sus amigos ingresaban a la universidad, él tenía la certeza de que el camino al éxito no estaba en los libros sino el la intuición. Le decían que podía matricularse en alguna ingeniería, pero él sabía que esos agujeros eran oro puro y que no había conocimiento que pudiera con ellos. Así que pasaron los meses y continuó con su tarea. El sueldo en la empresa no era tan alto como imaginaba, pero gracias a su destreza pudo cumplir con el trabajo de casi dos jornadas en una y aumentar sus ingresos de manera importante.
            Ser perforador de tarjetas lo satisfacía enormemente y necesitaba poca cosa más para sentirse en armonía con cuanto le rodeaba. Tomaba el autobús por las mañanas, almorzaba con Berta, que era una secretaria encantadora y con Otto, un programador que procuraba alentarlo para que hiciera un nuevo curso y trabajara en su equipo; sin embargo, Tobías otorgaba tal importancia a la manufactura de las tarjetas que por nada del mundo cambiaría de actividad. Y así llegó el siguiente verano, y el siguiente invierno.
            Una tarde, al llegar a casa y abrir el periódico, se topó con una noticia que cambiaría la historia de la humanidad y que causaría en su vida trastornos seguramente irreparables. En alguna maldita ciudad, que ojalá fuera arrasada por huracanes, temblores y pestes de todo tipo, algún subnormal de gafas había inventado un mecanismo mediante el cual las computadoras habían dejado de necesitar sus servicios. No lo podía entender, o las tarjetas se perforaban solas o era cosa del mismísimo demonio.
            Pasaron un par de días sin que sucediera nada en la empresa. Berta y Otto intercambiaban miradas que Tobías percibía sin decir nada y la charla del almuerzo se volvió tan sosa que el tercer día prefirió comer solo en una banca del parque.
            Y un día sucedió. Pocos minutos antes de la hora de salida, el supervisor de Tobías lo llamó a su oficina. Le habló de las nuevas tecnologías que se estaban desarrollando y le ofreció una capacitación para que continuara trabajando con ellos. Tobías le dijo que iba a pensarlo.
            Al llegar a casa destapó una cerveza y se instaló en el sofá. Se quedó un buen rato mirando el televisor apagado y concluyó que aquello no podía ser cierto, que seguramente todo era una farsa para que las empresas dejaran de producir tarjetas y la nueva competencia se quedara con todo el mercado. No era más que un sucio complot. Así que lo que tenía que hacer era continuar con su producción con más ahínco que nunca y estar preparado para cuando se desvelara la verdad. El único problema era que el gerente no iba a creerlo, pero eso importaba poco. Con sus ahorros podría sobrevivir varios meses y estaba convencido de que ese truco para críos no podría mantenerse mucho tiempo.
            Al día siguiente se presentó en la empresa con una gran sonrisa. Declinó cortésmente la propuesta que le habían hecho y almorzó por última vez con Otto y Berta. Tomaron una copa en el bar de enfrente y les dio sendos abrazos. Berta no pudo contener un par de lágrimas.
            En pocos días había conseguido todo el material necesario para instalar en su habitación un taller de perforaciones. Si sus cálculos eran correctos, en poco más de un mes tendría tarjetas suficientes para abastecer a su antigua empresa por varios días, mientras que la competencia se quedaría paralizada como un ciervo en la carretera ante el choque inminente de un vehículo. Y él, al fin, sería el héroe que siempre había soñado ser.
            Apenas comió y durmió durante las siguientes semanas. Las tarjetas se acumularon sobre la mesa, sobre el sofá, sobre el suelo y, finalmente, sobre la cama. Podía dormir en el pasillo y en el baño si era necesario, pero su actividad debía continuar. La barba comenzó a crecerle, el cabello le caía sobre la frente y se cortaba las uñas sólo cuando éstas le impedían que cumpliera con su labor de manera eficaz. No usaba más que calzoncillos para no ensuciar ropa y no preocuparse por lavarla. Habían pasado ya varios meses. Los de la empresa debían de estar ciegos, era imposible que nadie se diera cuenta de la trampa en la que habían caído. Una tarde de noviembre se dio cuenta de que no tenía más material, ni dinero, ni alimento. Pero no podía parar ahora, cuando la verdad estaba por salir a la luz, cuando su triunfo era claro. Tomó los pocos libros que tenía en la estantería, arrancó cuidadosamente todas sus páginas y comenzó a llenarlas de agujeros. Si no tenía más tarjetas cualquier cosa podría servir. Cuando acabó con ellos siguió con todos los papeles que encontró en el departamento, con los imanes del refrigerador, con los manteles, con los discos, las servilletas, el papel higiénico, sus calcetines y una lechuga podrida. El colchón de su cama y el sofá se llenaron también de agujeros. La madera del escritorio le costó un poco más de trabajo y cuando llegó a las paredes, los poros del yeso se abrieron ante él, dulcemente. Logró perforar también el techo y batalló un poco con los electrodomésticos y el retrete. En los mangos de los cubiertos había transcrito información importantísima sobre una guerra inminente con países asiáticos y en las puertas podía leerse un interesante tratado sobre economías emergentes. Los cajones contaban crímenes de carácter racial y en el suelo podrían descifrarse distintas posturas ante el comunismo. Cuando no le quedó nada por perforar se dirigió al baño. Miró su rostro constelado en el espejo y se colocó la perforadora en los labios. Presionó una y otra vez, en la nariz, en las mejillas, en el pecho, en los hombros, en los muslos. Y pudo, gracias a una ocurrencia de último minuto, alertar a quienes hallaran su cuerpo sobre el peligro que corría el curso de la historia si no se percataban a tiempo de este gran error.
 

domingo, 20 de junio de 2010

Fotos de estudio


La abuela me contó que cuando su madre era joven competía con las muchachas de su colonia por aparecer en los anuncios de los locales en donde sacaban fotografías. Los dueños necesitaban fotos de muestra para ponerlas en las vitrinas, así que las jóvenes se ponían sus mejores vestidos y sombreros con la esperanza de que sus imágenes fueran elegidas. Me contó también que las fotografías de mi bisabuela, que era muy guapa, se exhibían en al menos cinco estudios de la ciudad. Las fotos de sus quince años recorrieron varias colonias y las de su boda aparecieron incluso en algún periódico. Mientras me enseñaba los recortes de páginas amarillentas y algunos de los sombreros que aún conservaba me decidí a hacerlo.
            Mi primer objetivo fue la Fotografía Ramírez. Ese día me puse el vestido de mi primera comunión, que aunque me quedaba un poco corto aún me cerraba, y guantes blancos. Luisa me hizo un peinado precioso, me arregló el fleco y me puso un poco de carmín en los labios. Cuando llegué noté que no tenían ninguna fotografía exhibiéndose en el exterior, pero al entrar vi que debajo del cristal de la mesa, donde estaba la máquina registradora, aparecían varias imágenes de diversos tamaños y formas: ovaladas, de pasaporte, credencial, en blanco y negro, sepia. Le pedí al encargado cuatro de cuerpo completo y seis tamaño infantil.
            Al día siguiente, al volver por ellas, las conté y me di cuenta de que me había entregado diez, es decir, todas las que había revelado. Le pregunté si no iba a quedarse con alguna para ponerla debajo del cristal y me contestó que ya tenían muestras de todos los tamaños. Bueno, pero podrían quitar algunas de ésas y poner una mía ¿no? ¿no ve que me he alisado el cabello y todo? Entonces el empleado tomó una de las pequeñas y la colocó en una esquina de la mesa, casi cubriendo el rostro sonriente de un bebé que aparecía con un fondo azul turquesa con palmeritas. Ése fue mi primer triunfo.
            Algunos días después le pedí a mi abuela uno de los sombreros que guardaba desde hace no sé cuánto tiempo. Se hizo un poco del rogar pero finalmente cedió y me entregó el que más me gustaba: uno negro con un velo al frente. Me puse unas medias de mi madre y un suéter y una falda también negros. Por la tarde tuve que pedirle a Luisa que me acompañara al Estudio Fotográfico del Norte y ella, que era muy buena, no tuvo más remedio que ir conmigo.
            Era un local un poco más grande que el de mi barrio y colocaban las “elegidas” en una especie de corcho cubierto por un cristal. Esta vez pedí cuatro fotos tamaño pasaporte y seis de 40 x 60 centímetros en blanco y negro. Cambié mi perfil y postura varias veces y el resultado fue magnífico. Aunque el sombrero me quedaba un poco grande, la señora que me atendió lo fijó con pasadores y parecía hecho a la medida. Me pidió que sonriera un par de veces, pero cómo iba a sonreír con el sombrero de luto de mi bisabuela.
            A la mañana siguiente, después de desayunar, cogí a Luisa del brazo y nos fuimos volando al estudio. No miento al decir que eran las fotografía más elegantes que había visto en mi vida, incluso la señora mencionó más de una vez que eran preciosas. Finalmente le pregunté dónde iba a ponerlas y se quedó mirándome como si no entendiera la pregunta. Señora, que cuál de esas fotos va a quitar para poner las mías. ¿A quitar? Pero no tengo pensado quitar ninguna; son fotos de mi familia y ésa mujer que está ahí salía en telenovelas muy famosas hace unos años. Bueno, bueno, pero yo me puse un sombrero y zapatos y usted me dijo que mis fotos eran muy bonitas. Sí, sí, bonitas sí son, pero ¿Por qué no se las das a tu mamá para que las ponga en la sala de tu casa? Porque mi mamá se murió cuando yo tenía dos años y apenas la conocí, y la sala de mi casa, que no es mi casa sino la casa de mi abuela, ya está llena de fotos, de mi mamá, precisamente. Lo siento mucho, no te preocupes, déjame una de las pequeñas y ya le encontraremos un lugar. ¿De las pequeñas? ¿Y por qué de las pequeñas? En ésas apenas se distingue que soy yo. Le dejo dos de las grandes y ya usted las acomoda después; esta muchacha, por ejemplo tiene un peinado un poquito pasado de moda. Está bien hija, no te preocupes voy a quitar alguna.
            Cuando llegamos a casa Luisa y yo mi madre leía una revista. Le extendí las fotografías que me habían sobrado y las miró con una sonrisa en los labios. Melissa, ¿para qué te tomaste estas fotos? No las necesitas. Ya sé mami, es que la abuela me las pidió porque dice que con este sombrero soy idéntica a la bisabuela.

domingo, 11 de abril de 2010

De última hora

Era casi la hora del cierre del Sol de Minaua. José Manuel Raya estaba haciendo el último arreglo al reportaje sobre la venta de flores en los mercados locales cuando entró González a la oficina.
- ¿Cómo va todo Raya?
- Listísimo, jefe, nomás dándole la última revisada.
- ¿Y qué es lo que lograste averiguar? Si se puede saber.
- Plagas en las hortensias, claveles y crisantemos.
- ¿Y encontraste de dónde venían los bichos?
- Nada más y nada menos que de Guatamero… quién lo iba a imaginar.
- Ya. Oye Rayita, ¿tú estabas al tanto de que El impreso va a publicar en la edición de mañana un artículo sobre la red de prostitución de la colonia Hidalgo? ¿Y que hace dos horas arrestaron al Memo?
- No me diga.
- Sí te digo. ¿Y tú crees que a alguien le van a interesar tus pinches florecitas? ¿Y sabes qué vamos a decir nosotros sobre el arresto? Nada. Absolutamente nada. Porque no estuvimos ahí. Porque nadie en toda la chingada oficina se enteró hasta hace 10 minutos. Y ya no nos da tiempo de incluir una sola maldita línea, carajo.
- Mañana mismo me pongo al tanto de todo, jefe, y para la tarde le tengo toda la información.
- ¡Mañana! Y el miércoles a quién le va a interesar si ya todo se sabe y se dijo y está en la televisión y en el radio y en todas partes.
- ¿Entonces ya no lo investigo?
- ¡Pues claro que sí! Pero es la última vez que nos quedamos sin la noticia del momento y ya sabes que el culo no está para besitos y más te vale que me consigas algo bueno antes de que acabe el mes. Mira Raya, yo te tengo estima, pero este negocio no aguanta y o subimos las ventas o van a rodar cabezas. Te lo digo para que no te agarre de sorpresa.

Al día siguiente Raya desayunó con su esposa Miriam. No le entraban los huevos rancheros del coraje y ella lo miraba en silencio sin saber qué hacer. Pensaba en la manera de encontrar la noticia del año mientras masticaba las tortillas y se tomaba el jugo de naranja.
- ¿No vas a querer café, Pepe?
- No, no voy a querer café, qué no ves que las cosas no están para tomar café.
- Sí, pues, ya veo, ya veo.
- ¿Tú que vas a ver?

Se subió al coche y dio una vuelta por la ciudad. Eran cerca de las 10, había poco tráfico y en el parque algunos jóvenes con uniforme tomaban helado. Para eso se van de pinta, para tomar helados, pensaba Raya mientras conducía. Y así cómo voy a encontrar noticias. Si aquí no pasa nada de nada. Se detuvo en la cafetería Madrid y pidió un americano. Martínez y Nery estaban en un extremo de la barra.
- ¿Qué tal oficiales, cómo andamos? Don Julián, buenos días –dijo saludando al viejo que atendía.
- Bien gracias, Raya, tú qué tal –contestó Nery.
- Pues aquí nomás, viendo qué pasa en el barrio. ¿Alguna novedad?
- No, todo tranquilo.
- Qué bien, me da gusto. Cualquier cosa no dejen de avisarme, eh.
- Claro que sí, no se preocupe.

Terminó su café y estuvo hojeando El impreso algunos minutos. Fotos del Memo esposado, en la patrulla, sonriendo, casi posando el cabrón. Las chicas gritando semi encueradas. Se despidió de los policías y pagó.
Cuando iba llegando al periódico recibió un mensaje sobre una pelea en un mercado. Eso. Bien. Condujo a toda velocidad pasándose un par de semáforos en rojo y al llegar vio a un grupo de personas en la entrada del galerón. Las apartó como pudo y entró por un pasillo estrecho entre piñatas y jaulas de pájaros. Un hombre corpulento atendía el puesto de verduras donde se agrupaba la gente. Los clientes hablaban y reían entre ellos. Raya preguntó lo sucedido a una señora con una bolsa de mandado rebosante de cilantro y apio.
- No, si aquí no ha pasado nada, fíjese usted que unos chamacos se estaban aventando zanahorias y tomates. Claro que cuando aquí don Raymundo se dio cuenta se puso a perseguirlos por el mercado y con el traqueteo se le cayó medio puesto al pobre.
- ¿Y ya está todo en orden, entonces?
- Sí, si fue una cosa de niños. Hubiera visto usted qué risa viéndolos correr a los tres con las verduras en la mano.
- Ah, qué caray.
- Jo, jo, jo.
- Con su permiso señora.

Raya salía enfurecido del mercado cuando recordó que no había limones en su casa. Ni una pinche michelada me puedo hacer con este pinche calor del demonio, pinche Miriam. Compró un kilo y se dirigió a su vehículo. Cuando llegó a la oficina continuó trabajando en un reportaje sobre la venta de autopartes que había dejado a medias la semana anterior.

A la mañana siguiente desayunó hot cakes con tocino y harta mantequilla.
- ¿Te preparo café, mi amor?
- Ándale pues, una tacita, mi reina.
- ¿Azúcar y leche?
- Azúcar y leche.

Se despidió de su esposa con un beso en los labios. Condujo cerca de 20 minutos y eran casi las once cuando se detuvo frente a una miscelánea. Compró una cajetilla de cigarros y unos cerillos y agradeció cortésmente al vendedor. Buen día, buen día, hasta luego.
Caminó una cuadra y dio vuelta a la derecha en un callejón en el que se veían al fondo dos contenedores de basura. Levantó la tapa de uno de ellos, se asomó y encontró el cadáver de un hombre un poco mayor que él, de unos cuarenta y cinco años.
- Así que aquí estabas, ¿eh? Calladito y quietecito.
Llamó a la policía desde su celular y esperó mientras fumaba un cigarro y tomaba notas en una libreta. Casi media hora después llegó una patrulla con dos oficiales.
- Buenos días, oficiales.
- Buenos días. ¿Usted llamó por teléfono?
- Sí, José Manuel Raya, para servirles.
- Mucho gusto, yo soy Quirós y aquí mi oficial Puente. Nos puede decir dónde se encuentra la víctima.
- Sí, cómo no, allá adentro del contenedor de la derecha.
Los oficiales se encaminaron hacia allá y revisaron el cuerpo. Encontraron una cartera con identificaciones y tarjetas.
- Pues sí, tenemos un asesinato.
- A menos que se haya pegado un tiro él solo adentro de la basura –dijo Puente.
- A ver, pídete una ambulancia y más unidades en lo que yo acordono el área.
- De acuerdo.

Raya se dedicó a tomar fotografías y hacer anotaciones mientras se llevaba a cabo la investigación y se recolectaba la evidencia. Un rato después llegaron periodistas de El Impreso, el Novedades de Minaua, el Última Hora, el Alarma y El Excélsior. Resultó que el difunto era el dueño de una zapatería del centro de apellido Espinosa. Aparentemente era un hombre serio que pagaba sus impuestos a tiempo y no le habían quitado nada de valor. Nadie se explicaba el motivo del crimen hasta que algunos días más tarde se descubrió que su mujer tenía un romance con un vecino, también casado, desde hacía varios meses.

- ¿Un crimen pasional?
- Así es Miriamcita, ¿cómo la ves?
- Ay, qué horror. Nunca lo habría pensado. Y yo sí lo vi en su tienda, un par de veces. No sabía cómo se llamaba, pero en cuanto leí que era el dueño de la tienda de zapatos luego luego supe que era él. ¿Te acuerdas? Traía bigote y siempre usaba corbata.
- Pues si yo lo encontré, ¿cómo no me voy a acordar?
- Oye y por cierto, ¿qué andabas haciendo por ahí?
- Mi sexto sentido, flaquita.
Esa semana González lo felicitó por su buen olfato.
- Ya ves Raya, así es como deben actuar los buenos reporteros, siempre un paso adelante. Esta vez te rifaste, eh. Llegaste antes que la misma policía. Y bueno, aquí entre nos, ¿cómo diste con el cuerpo?
- Se lo voy a decir sólo a usted, jefe… acabo de encontrar un informante de primera.
- ¿Un informante? ¿en la policía?
- Mejor que eso, pero no puedo decirle quién es porque correría peligro mi secreto, usted me entiende. Eso sí, luego tengo que darle una propina, así que voy a necesitar algunas prestaciones.
- No te preocupes, mientras sigas trayendo noticias calientitas me dices de a cuánto nos toca.
- Muchas gracias, jefe, cuente con ello.

El lunes siguiente al medio día pasó a la cafetería Madrid. Volvió a encontrarse con Martínez y Nery. Pidió un café con leche y una empanada de jamón.
- Buenas tardes muchachos.
- Buenas tardes Raya ¿cómo andamos? –saludó Nery.
- Bien gracias, ¿y ustedes?
- Bien, también, ya ni nos pregunta cómo ha estado la mañana.
- Supongo que tranquila, por lo cómodos que los veo.
- Pues la verdad es que sí, pero ya nos vamos a dar una vuelta, ahí nos avisa si se nos necesita –se despidió Martínez.
- Por cierto –dijo Raya- acabo de pasar por la casa de los Gómez Estrada, la casona blanca en Allende y Galeana, y no estoy muy seguro, pero se me hace que vi la puerta abierta y ya ven que nadie la ocupa desde que falleció la señora, que en paz descanse. ¿Por qué no se dan una vuelta a ver si no anda alguien por ahí?
Los oficiales se miraron entre ellos un instante.
- Pues sí, ahorita vamos a ver si no se metió alguien –dijo Nery.
- Al rato paso yo también por si se ofrece algo.

Pidió unas rajas para su empanada y un vaso de agua. Leyó la sección de deportes de El Impreso, pagó la cuenta y se dirigió a la calle Galeana. Al llegar a la casona vio dos patrullas estacionadas enfrente. Dejó su coche cruzando la calle y entró.
- ¿Y bien, oficiales?
- Tenía usted razón, parece que alguien se metió y se llevó hasta los cubiertos –explicó Martínez. Aunque dejaron las televisiones y el estéreo.
- Sí, les digo que ya me parecía raro que la puerta estuviera abierta si ya no vive nadie aquí.
En ese momento apareció el oficial López-Arce.
- Dice uno de los vecinos que escuchó ruidos en la noche, pero pensó que eran los familiares de la difunta. Viven en Estados Unidos y no habían venido aún a reclamar las propiedades.
- Pues no creo que hayan venido nomás a desvalijar la casa –contestó Raya.
- ¿Usted fue el que les avisó? –preguntó López-Arce.
- José Manuel Raya, para servirle.
- Mucho gusto. Y ustedes hagan el informe –dijo dirigiéndose a Nery. Nosotros vamos a llamar para que traten de avisar a los parientes del gabacho.

Raya pasó la tarde escribiendo la noticia sobre el saqueo de la casona. Ninguna pista sobre quién pudo haber sido. El o los asaltantes entraron por una ventana trasera y se llevaron objetos pequeños de considerable valor, según refirió una vecina que conocía bien la propiedad. El difunto señor Carlos Gómez Estrada había sido coronel y su viuda conservaba varios encendedores y relojes de oro, pisapapeles de plata, plumas, joyas y cubertería fina, además de retratos finamente enmarcados y diversas antigüedades. Los familiares han sido avisados y vienen en camino desde Florida. La vivienda llevaba vacía poco más de dos semanas, cuando la señora Gómez Estrada, de ochenta y tres años de edad falleció durante la noche como consecuencia de una cardiopatía isquémica. Dos días más tarde la señorita María del Carmen Mondragón, de 28 años, quien cuidaba de la anciana, cerró la casa por fuera llevándose sus pertenencias a casa de su madre, la señora Guadalupe Mondragón. Dicha vivienda ha sido registrada y no se ha encontrado ninguno de los objetos desparecidos.

- Ay Pepe, te estás luciendo, qué bárbaro. ¿Te caliento otra tortilla?
- Ándale y pásame los chipotles.
- Oye, ¿y quién crees que se haya metido a la casa?
- Pues cómo voy a saber, cualquier listo –dio un trago a su café.
- ¿Y a poco el ladrón dejó la puerta de enfrente abierta? –le pasó una tortilla caliente.
- Pues sí, entreabierta, pues –se hizo un taco de frijoles.
- ¿Qué raro, por qué no la habrán cerrado? –le sirvió más jugo.
- Por las prisas, supongo –se sirvió chipotles en el plato.
- Ah… oye, ¿tú no fuiste una vez a esa casa cuando vivía el coronel, a hacerle una entrevista o era otro?
- Era otro y ya deja de hacerme preguntas tontas que no me dejas desayunar en paz –se terminó el café.

La semana siguiente trabajó en un artículo sobre violencia intrafamiliar. Visitó a varias mujeres que tenían ojos morados y contusiones en los brazos, pero todas decían que habían sido accidentes o que se le pasó la mano al marido. Ninguna historia de verdadero interés. Y ni modo de cortarles un dedo o una mano para sacar una buena foto.

El sábado por la noche llegó a la cafetería Madrid poco después de las ocho. Don Julián veía la repetición de un partido de futbol.
- Buenas noches Raya, ¿qué tal todo?
- Muy bien gracias, y usted don Julián.
- Bien, aquí andamos. Hoy no vienen los oficiales, ya sabes.
- Sí, ya lo sé, nada más estoy haciendo un poco de tiempo. Le encargo un café con leche. ¿Cómo van? –preguntó señalando la televisión.
- Cero-cero, pero empataron a dos.
- Si ya sabe ¿para qué lo ve?
- Pues para ver los goles, para qué más.

Pidió también una concha que sopeó en el café mientras veía el partido distraídamente. Cuando terminó el primer tiempo pagó la cuenta y salió de ahí. Iban dos-cero.
Se desvió un poco para tomar la avenida Zapata. Dobló a la derecha en Niños Héroes y poco antes de una glorieta vio una humareda que salía de una casa de un solo piso con techo a dos aguas. Ya habían llegado los bomberos, que trataban de controlar el fuego, una patrulla y una ambulancia. Varios vecinos miraban desde el jardín. Raya se estacionó, se bajó del carro y prendió un cigarro. Se acercó a un policía.
- Buenas noches oficial, ¿Qué pasó aquí?
- Pues un incendio, ¿no ve?
- ¿Y a poco hay alguien adentro?
- Afortunadamente no, parece que habían salido.
- Ah bueno.
- Los propietarios están declarando con mi pareja –señaló la barda junto a la que estaban una pareja joven y un policía.

Raya se dirigió hacia ellos con su libreta. La mujer explicaba que acababan de llegar, que habían ido al súper. Que no dejaron nada prendido, que ninguno de los dos fumaba, que la estufa era eléctrica. Se veía bastante afectada y el marido veía con tristeza lo que quedaba de su casa. El fuego estaba completamente apagado, pero por las ventanas seguía saliendo un humo blanco y espeso.
Miguel Suárez, arquitecto, y Laura, su mujer, ama de casa, afirmaron no tener objetos de valor además de los electrodomésticos y algunas joyas de la señora. Salieron de su casa poco más de una hora para hacer las compras de la semana y cuando volvieron la vivienda estaba en llamas; los bomberos ya habían llegado gracias a que un vecino llamó por teléfono a emergencias. No se pudo esclarecer el origen del incendio. La pareja declaró no tener ningún enemigo ni sospechar de alguien que hubiera actuado de forma malintencionada. No obstante, el señor Miguel Suárez, arquitecto, recordó cuando se le entrevistó que pocos días antes sostuvo una querella con el cartero debido a que no le llegaban a tiempo los recibos de televisión por cable. Este último culpó a la compañía.
- Ay mi amor. Qué gusto. Y otra vez fuiste el primero ¿verdad?
- Pues claro reina, cuando llegaron los demás reporteros los Suárez ya se iban a un hotel.
- Pobrecitos a ver qué van a hacer ahora.
- Pues él es arquitecto, que se construya otra casa.
- No seas así, como si fuera tan fácil. ¿Quieres más chilaquiles?
- Un poquito nada más y no los hagas tan picosos, ya te dije.
- Sí mi amor, perdón, te paso más crema.
- Y ¿qué hacías a esa hora en la avenida Zapata?
- Dando un paseo, ¿qué más? Ya venía para acá –se comió los últimos chilaquiles.
- Ya Pepe, dime la verdad. Cómo le has hecho para llegar antes que todos. Para saber exactamente cuándo y dónde van a ocurrir las desgracias.
- Ya te dije que no me estés preguntando esas cosas, a ti que más te da. Dime morra, adónde quieres que vayamos en Semana Santa, ¿a Acapulco? ¿a San Antonio?

Raya se dirigió a las oficinas del periódico, pero antes de entrar decidió dar un paseo por el barrio. Caminaba hacia el parque Obregón pensando qué noticia necesitaba ahora la ciudad de Minaua. Unos cargadores subían costales de verduras a una camioneta, un perro olisqueaba bolsas de basura, un niño soltaba la mano de su madre. Sacó sus cigarros y un encendedor de oro de su saco. Tenía grabadas las iniciales C. G. E.