Desde que se metió en la cama estuvo pensando en ello. No es que fuera la primera vez que se lo propusiera, pero esa noche apagó la luz, se cubrió con las cobijas y se prometió y juró a sí mismo que se lo diría al día siguiente. Dio varias vueltas en la cama pensando cómo lo enfrentaría. Imaginó la charla que tendrían una y otra vez. Casi podía ver sus mejillas inflándose y desinflándose, los enormes poros de su nariz hinchada y los dientes amarillentos que quedaban al descubierto cuando reía. Pensó en las diferentes respuestas que él podría haber previsto, cómo trataría de engañarlo de nuevo o de hacerle falsas promesas, pero esta vez no cedería.
Llevaba más de cuatro meses en la empresa y no había cobrado un solo centavo, ni siquiera le habían hecho un contrato. Su jefe le había dicho que en cuanto se liberaran los fondos del segundo semestre estaría todo listo, que fuera preparando sus papeles. Y había pasado julio y agosto y septiembre y el año se iba a terminar y sus ahorros no daban para más. Había pedido dinero a su hermano y a sus padres; había vendido su auto. Matilda se lo reprochaba día tras día, que fuera tan cobarde, que no exigiera lo que le correspondía. Y Genaro iba todos los días a trabajar puntualmente. Diseñaba carteles, trípticos, invitaciones, recibía regaños por sus errores, los corregía, se esmeraba más y más e incluso llegó a quedarse horas extra.
No era el único que estaba en esa situación. El contrato de Anita, una de las secretarias, había terminado hacía varios meses y aún esperaba que le hicieran uno nuevo. Además, sus compañeras estaban coludidas en su contra y no la dejaban hacer nada; así que circulaba palabras pacientemente en sopas de letras la mayor parte de la mañana. David, otro de los diseñadores, no había cobrado desde el año anterior. Genaro había escuchado las historias de sus colegas con cierto escepticismo, pero cuando llegó el Día de la Independencia y vio que se acercaba el de la Revolución, decidió dejar de ver pasar las fiestas nacionales con los bolsillos vacíos.
Por la mañana se peinó y vistió con extremo cuidado. Se fijó en que su camisa no estuviera demasiado arrugada, se puso unos pantalones limpios, los zapatos más nuevos que tenía y se dirigió al metro. Trató de leer la novela que llevaba consigo, pero era imposible ponerle atención. Se preguntaba a qué hora llegaría el jefe, si tendría alguna reunión, si debía avisarle a la secretaria que quería hablar con él o entrar directamente a su oficina.
Compró un café en una tienda de autoservicio y galletas de avena. Saludó al policía recordando que le habían robado la pistola la semana anterior. El policía sonrió pensando No te burles cabrón le puede pasar a cualquiera. Subió la escalera y llegó al primer piso. No había moros en la costa. Saludó tímidamente a todos como cada mañana, echó un vistazo a la oficina del jefe, vacía, y se apresuró a su cubículo. Encendió la computadora, abrió las galletas tratando de no hacer ruido y dio un sorbo al popote del café. Calculó que faltaba una media hora para que llegara. Podría verlo desde la ventana. Tendría que actuar rápido antes de que el contador y las secretarias se acercaran a él para que firmara montones de papeles. O podría esperar a que ellos salieran. No. Tenía que ser el primero.
Después de un rato de modificar algunas imágenes en la computadora lo escuchó. Todo el mundo lo escuchaba y la gente escondía los crucigramas, se despedía por teléfono y colgaba deprisa, volvía a sus lugares, engrapaba algún papel, tecleaba desesperadamente algo sin sentido. El jefe entraba sonriendo, gritando buenos días, qué bien se te ve el cabello Laurita, no me ha llegado tu informe Enrique, llévame un café Lucy. Todos trataban de sonreír y aparentar que les daba un gusto enorme su llegada. Afortunadamente para Genaro su cubículo estaba oculto detrás de otros y no tenía que ser parte de esa farsa día tras día. Pero ahora tendría que actuar. Respiró profundamente, apagó su teléfono y se dispuso a levantarse cuando llegó Yael. ¡Te estaba esperando! Hola Yael, ¿cómo estás? oye tengo que hacer unos pendientes, pero en un ratito estoy contigo ¿vale? Pero es que te quería enseñar un dibujo Genaro, mira, eres tú. Efectivamente era él. Tenía el cabello revuelto, una sombra de barba, un café en la mano. Yael lo miraba sonriendo y mostrando el hueco que le había dejado un diente recién caído. En su camiseta parpadeaba sin cesar una lucecita roja sobre la mano de un superhéroe. ¿Y me lo puedo quedar? está muy padre. Sí, pero lo tienes que poner en la pared. Genaro tomó una tachuela del cajón y lo colocó frente a él, sobre la computadora. Ya está, pero ahora me tengo que ir, nos vemos al ratito ¿sí? Yael siguió sonriendo. Le dijo que le cuidaría su sitio y se sentó frente a la computadora fingiendo teclear algo.
Cuando llegó a su oficina era demasiado tarde. El jefe tenía a una secretaria sirviéndole café por un lado; por otro, a un compañero suyo mostrándole la propuesta del nuevo calendario. Una de las administradoras esperaba pacientemente detrás del escritorio y elogiaba la fotografía del mes de febrero. Genaro dio la media vuelta y salió a uno de los balcones. Encendió un cigarrillo. Cuando terminó de fumar volvió a su cubículo. Yael se había ido. Siguió trabajando y revisando su correo electrónico alternativamente. Cada cierto tiempo veía las fotografías que sus amigos habían subido a Internet. Su amigo Marcos en Turquía, sus amigas de la universidad en la playa. Cuando volvió a asomarse a la oficina el jefe se había ido. Anita le informó que volvería hasta el día siguiente.
El camino a casa fue especialmente insoportable. En el metro un hombre pedía limosna exhibiendo un enorme tumor o una protuberancia del tamaño de una pelota de futbol que le salía por debajo de la camiseta y una muchacha que vendía los últimos éxitos de la salsa se había instalado frente a él con los altavoces a todo volumen a escasos centímetros de sus oídos. Comenzó a llover algunas cuadras antes de que llegara a casa; llegó con el cabello y los zapatos mojados.
Matilda corrió hacia la puerta en cuanto lo oyó llegar. ¿Y bien? Genaro se sacudió el cabello con una mano, aprovechó para rascarse un poco la cabeza. ¿Y bien? Repitió ella. Hola mi amor cómo estás, yo muy bien, eh, tuve un día increíble. Perdón Genaro, ¿cómo estás? ¿cómo te fue? ¡¿arreglaste el asunto?! No, no lo arreglé; estuvo ahí como veinte minutos y salió a una reunión o algo y no volvió; no pude hacer nada. Es que ya te dije que tienes que ser el primero, no te va a estar esperando. ¡Ya lo sé, ya lo sé! Voy a solucionarlo, de verdad, mañana mismo. ¡Mañana, mañana! Te lo juro Matilda, mañana.
Se quitó la ropa húmeda y se dio un baño. Se fue a la cama sin cenar, se lo merecía. Pensó que de alguna manera se merecía también todo lo que le estaba ocurriendo. Los gritos de Matilda, las bocinas en el oído, la lluvia… aunque no sabía muy bien por qué.
Al día siguiente volvieron a sucederse los mismos hechos. Pantalones limpios, metro, café, galletas de avena, buenos días, pistola, cabrón, escalera, oficina vacía, cubículo, popote. Sólo que esta vez después de un rato se acercó David. ¿Nos podemos ver un la sala de juntas en una media hora? Te quiero consultar unas cosas del nuevo formato del boletín. Sí, claro, ahorita nos vemos. Revisó su correo electrónico. ¿Dónde estaba Yael? ¿Cómo es que su camiseta tenía una lucecita? ¿Tenía una batería de energía infinita? ¿Incluía baterías de repuesto? En la sala de juntas se escuchaba la música de la oficina contigua, donde trabajaban unas cuatro muchachas que no hacían más que chismear, reír y seguramente cobrar su sueldo puntualmente. Sólo sabía que ellas eras las amas y señoras del material de papelería y que había que tratarlas como reinas si quería un paquete de hojas blancas. Si no les caías en gracia te daban papel tamaño oficio que después había que cortar con una guillotina.
David ya estaba esperándolo. El nuevo boletín era más bien el viejo boletín con algunos centímetros de menos. Más práctico y moderno, o algo así. Es que mira, Genaro, no sé si disminuir el tamaño de las fotografías o el de la tipografía; es que ya no cabe nada. Pues un poquito cada cosa o podemos pedir que haya menos contenido. No, eso no se va a poder, el contenido es el mismo, creen que somos magos. Oye David, ¿has sabido algo de los pagos? No, desde el año pasado, creo. Pues tal vez deberíamos de hablar con el jefe, ponerle un ultimátum, que si no nos paga este mes dejamos de venir o algo. Si dejamos de venir no nos pagan nunca y ya está. Bueno, pero entonces ¿qué? no vamos a trabajar gratis eternamente, yo ya no puedo, de verdad. Ya sé, ya sé y yo tampoco… ¿Qué te parece si hacemos una cita con él, para hoy en la tarde? Ok, y si no nos paga no le hacemos su boletín. Eso, es que así tiene que ser, porque si seguimos trabajando no va a pasar nada; piensa, con lo que te deben a ti puedes tomarte un tiempo, buscar otro trabajo, yo qué sé. Sí, yo lo he estado pensando también y buscando, pero es que no hay gran cosa. Da igual, algo encontraremos, un lugar donde no haya que mendigar fólders, un trabajo normal.
En ese momento se abrió la puerta. Era el jefe, con los botones de la camisa a punto de reventar, sonriendo y dejando ver sus horribles dientes. Buenos días, jo, jo, jo. ¿Cómo están mis diseñadores? ¿quieren un poco de café? lo acaba de hacer Anita y ya ven que luego le queda como agua de calcetín, pero hoy, jo, jo, le quedó excelente… ¿cómo va el boletín? se ve fenomenal, elegante, esa es la palabra, es que el formato anterior era muy incómodo; yo siempre lo leía en el café Venecia y ya ven que las mesas son muy pequeñitas y era como un periódico que no se puede extender completamente y si tienes una taza, el azúcar y pides un plato de galletas, ¿han probado las galletas del Venecia? ¡dios! Tú sí David, ¿y tú, Genaro? ¿¿no?? tienes que ir, hombre, son las mejores, las glaseadas son una delicia… bueno, pues eso, que no se podía abrir, pero no hagan las fotos tan pequeñas, que luego no se distingue nada, le voy a decir a Anita que les traiga café.
Mierda. Ya sé, ya sé. Es que es imposible. No cierra la boca ni un segundo, carajo. A ver, a ver, va a regresar, antes de que se ponga a hablar como loco, le decimos, bueno, yo le digo… Aquí está el café, Anita, cuidado con la computadora, por favor, como les decía, que las fotos estén de buen tamaño, que si no, no lucen, pero no vayan a poner una letra microscópica tampoco porque nos quedamos ciegos todos y con esta luz, como trabajan así, quiéranse un poco, al menos acérquense un poco a alguna lámpara, están ahí justo en el punto más oscuro, jo, jo… Y si la camiseta tenía baterías de repuesto ¿cómo las cambiaba? Y cuando la meten a la lavadora, ¿no se funde el foquito? Bueno chicos los dejo, por cierto, ¿probaron los dulces de leche que me trajeron? están buenísimos, les voy a traer unos para que se los coman con el café, espérenme tantito.
A ver David, antes de que se vaya otra vez, dile… ¿Qué creen? sólo queda uno, pues sí, es que les digo que están para chuparse los dedos y Anita los deja en la mesa y todo el mundo agarró, jo, jo, pero bueno, al menos para que los prueben, ahí lo comparten, yo los dejo muchachos, nos vemos en la junta el viernes y pónganse en la luz, por favor, que no nos sirven los diseñadores ciegos, jo, jo.
El jefe salió riéndose y moviendo frenéticamente las aletas de la nariz mientras Genaro y David miraban el dulce de leche sobre la mesa. Tenía una nuez en el centro. ¿Quieres la mitad? Genaro afirmó con la cabeza frunciendo el ceño.
De camino a casa compró un disco pirata con los éxitos de la salsa. Leyó los nombres de las canciones mientras pensaba si el foquito de la camiseta seguía parpadeando mientras daba vueltas en la lavadora con el detergente y el agua, ¿o tendría un interruptor?
3 comentarios:
Me gusta eh... sí, sí...
Oye ¿a quiénes equivalen los nombres de la historia? jaja
jeje, pensé que éste ya lo habías visto.. un beso. "cualquier parecido con la realidad..."
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