sábado 8 de octubre de 2011

Miguelito

Al terminar la Revolución, todos vaciaron sus pistolas al aire gritando que esas balas ya no las iban a necesitar. Pero uno de ellos, un chamaquito con pésima puntería que nunca había acertado uno solo de sus tiros, decidió ver qué se sentía matar a alguien y aprovechó la confusión. Vio a Miguelito, el de ojos azules, con su pistola en la derecha y la botella en la zurda y le disparó, así, a quemarropa y por la espalda, porque si no no había manera de que le atinara. Y entonces Miguelito dio un traspié, pero todos siguieron disparando y bebiendo hasta que alguien más se dio cuenta y gritó. Pero ya nadie lo escuchó y cuando quisieron averiguar, el chamaquito se había ido corriendo entre los árboles y sólo supieron que fue él porque era el único que faltaba. Mi abuelo me dijo que Miguelito tenía mujer y varios hijos, que contaba los días para que terminara la revuelta y poder volver a su casa, que se había alistado nomás por el cariño y el respeto que le tenía a Pancho Villa.

A mi abuelo le habían matado al padre y no tenía a nadie. No entendía porqué peleaban, no conocía a Pancho Villa. No estaba feliz por el término de la lucha; nadie lo esperaba y no tenía nada que festejar. Llegó a la capital gracias a la bondad de la gente que se encontró en el camino. Me dijo que aprovechó el entusiasmo que recorrió el país momentáneamente para irse como “nadando de a muertito” en un carro y en otro, en un caballo, a pie. Para comer en casas ajenas y brindar a la salud de la patria. Siempre con esa mirada dulce y negra y esas cejas como caídas de los lados que le daban aspecto de niño regañado. Pero siempre con el temor de que alguien lo reconociera, de que lo señalaran en los caminos, de que alguien le disparara por la espalda. Dormía acariciando la culata de la pistola que guardaba bien metida en el pantalón y con los ojos entreabiertos. Si alguien hubiera visto esos ojos de gato que en la oscuridad brillaban y parecían distinguir figuras entre las sombras, seguramente no habría recibido tanto café de olla, tanto mole con pollo y tantos gestos de conmiseración. Seguramente esa niña de ojos avellanados no le habría pagado esos churros esa tarde y yo no estaría aquí, ni tú tampoco.

Al llegar a la capital buscó a su tío Filiberto y se quedó a vivir con él. La tía Dolores de inmediato sintió ternura ante esa mirada de desamparo y esa figura tan frágil que parecía que iba a quebrarse en cualquier momento. Le pidió a Lucas, su hijo mayor, que le dejara su cama por unos días a su primo Enrique, que la necesitaba más que él. La tía pasaba noches de insomnio imaginando el llanto de su sobrino, la angustia y el frío que habría pasado escondido en el monte. El dolor de haber visto morir a su padre.

El tío Filiberto era reparador de calzado y tenía un taller en el centro en donde Lucas le ayudaba. Salían juntos muy temprano, después de haber tomado un café y un pan dulce y se quedaban ahí hasta las seis de la tarde. Al medio día se turnaban para almorzar y descansar un rato. Le habían ofrecido a Enrique enseñarle el oficio y que trabajara con ellos, pero aún era muy pronto. El pobre tenía que reponerse de todo lo que había sufrido y, lo más importante, recuperar fuerzas.

Enrique se quedaba con su tía y sus dos primas en la casa. Desayunaba con ellas, descansaba un rato, miraba las plantas, las manchas en el techo, ponía cara de tristeza y se instalaba en una silla en el patio. La prima más pequeña, Rosario, que tendría unos once años, trataba de platicar con él, pero Enrique no respondía. Se quedaba viendo el agua que caía de las macetas y fluía lentamente hacia la coladera. Por la noche, cuando estaban todos juntos en la casa, Filiberto le preguntaba si ya estaba listo para ir al taller. Entonces a Enrique se le humedecían los ojos, bajaba el rostro y contestaba con la voz quebrada: “Si quieres voy mañana tío”. A Dolores le daban ganas de llorar, le ponía otro tamal en el plato, le acariciaba la mejilla y lanzaba a su marido una mirada fulminante. Y el tío respondía enseguida: “No, Quique, vamos a dejarlo para el viernes”. O para el lunes si era jueves y así sucesivamente.

Cuando se iba a la cama Enrique se aseguraba de cerrar bien la puerta y de tener su pistola a la mano. Le habían dejado un cuartito que daba a la calle desde el que se escuchaban coches, caballos, mujeres que cuchicheaban, ladridos. La luz de una farola lejana se filtraba por las cortinas y Enrique miraba en la pared la sombra de las figuras que transitaban la noche. Adivinaba la silueta del hombre que vendría a matarlo y una mancha fugaz se convertía en el sombrero de Miguelito. Un bastón se transformaba en un rifle y los cohetes del 4 de octubre eran balas que venían a su encuentro.

Pasaron los meses y finalmente comenzó a trabajar en el taller de zapatos. Se mantenía casi todo el tiempo al fondo, en la oscuridad, por temor a que lo reconociera alguno de los hombres que estuvo aquel día en la sierra. Por las noches soñaba con que entraban por la ventana de su cuarto y le ponían un lazo alrededor del cuello, con que lo arrastraba un caballo por la ciudad, como le habían dicho que hacían con los asesinos. A veces era Miguelito quien entraba al taller y, con la camisa ensangrentada, le pedía que le reparara unas botas, pero no podía ser, y corría a una esquina como un conejo asustado mientras Lucas atendía al cliente.

Años después conoció a mi abuela, que le regalaba dulces y horchatas. Le daba algo entre curiosidad y lástima el verlo siempre mirando al vacío con esos taciturnos ojos negros. Estuvieron unos meses de novios y luego se fueron a vivir por su cuenta. En la nueva casa tenía su propio patio y sus propias macetas. Al fin pudo relacionarse con la gente, hacer amistades, poner su propio taller de calzado y hasta una zapatería, y luego otra. Comenzaron a llamarlo don Enrique, sus hijos crecieron y tuvieron a sus propios hijos, se compró un coche. Se relacionó con los comerciantes importantes de la ciudad y asistía frecuentemente a cenas y reuniones de negocios y de placer. Aparecía en los periódicos.

Una noche estaban cenando en el centro él, mi abuela, mi tía Panchita y mis tíos José María y Fernando; mi papá no estaba. Era un restaurante nuevo, muy grande y muy iluminado. Estaban celebrando algo, no me acuerdo qué. Mi abuelo les sirvió champaña a todos y levantó su copa cuando escuchó los gritos de los meseros. Se puso de pie y se llevó mecánicamente la mano a la pistola que siempre llevaba consigo. Pero se oyeron dos disparos y cayó sobre la mesa antes de poder usarla. Mi abuela no dejaba de gritar y mis tíos se quedaron mirando sin saber qué hacer. Un hombre de ojos azules se acercó a ellos, dejó su pistola en la mesa y les dijo: lo siento señores, estas balas ya no las iba a necesitar.