lunes, 20 de febrero de 2012

Para subir al cielo

Ilustración: Augusto Metztli



 Margarita sube las escaleras poco a poco. Tiene los pies cansados y algunos kilos que se le han acumulado en el vientre, en las caderas, en los pechos. Son escaleras de caracol, negras, frías, de hierro, y aún gotean por la lluvia de la mañana. Sube un pie con trabajo y luego el otro. Siempre los dos en el mismo escalón antes de continuar. Toma un respiro. Recuerda.
            Sus hijas pidiéndole que firme el testamento, Mateo mirándola con sus ojitos negros diciéndole “termina ya abue y vamos a jugar”. Y ella sonriendo en la cama de hospital que instalaron en su habitación para las últimas semanas. Cómo no dejárselo todo. A él y a ellas. “Sólo falta que te decidas mamá, tenemos reservado el lugar en el panteón, pero puedes preferir la incineración. Ya sé que es duro, pero queremos que nos digas tú”. Las lágrimas en los ojos de Julia, las risas de Mateo en el jardín. No sé, necesito un momento, no sé. Vuelvan mañana.
            Margarita se imagina viva dentro del ataúd. Viendo a un desconocido cerrándolo y ella tratando de decirle que se detenga, que aún no ha muerto, sin poder moverse. Y ya dentro, en la oscuridad, helándose y sintiendo a los gusanos devorando sus tobillos, sus axilas. El purgatorio. Otras veces se ve en una camilla en la que la meten al horno. Su cuerpo desnudo, sus cicatrices, sus carnes a la vista de todo el mundo. Y el fuego quemándole las piernas y ella sin poder gritar y su cabellera dejando un hedor insoportable al extinguirse. El infierno.
            Se sujeta firmemente del barandal. Sube los escalones que le faltan tomándose su tiempo para cada uno. Cuando ha llegado a la azotea se extiende boca arriba sobre el techo de la casa. Mira el cielo sin parpadear durante una eternidad. Sabe que nunca se les ocurriría buscarla ahí.