viernes, 5 de noviembre de 2010

Praça da Alegria




Por eso es que los ancianos se arrugan, huelen mal y son necios, porque así se les extraña menos cuando mueren. Algunos siguen imaginando que son hermosos y que se les admira, eso es lo mejor que les puede pasar, no enterarse de nada. Los hombres mueren pronto para no quedarse solos, porque no saben. Las mujeres, en cambio, los sobreviven y aguantan la soledad del mercado y las novelas.
Gracias a Dios también van perdiendo la memoria y muchas veces el sentido; así es mejor para todos, incluso para ellos. Mi hermana Carmen, varios años después de que su marido hubiera fallecido, preguntaba a mitad de la comida ¿Y Julio no va a venir? Nosotros nos quedábamos callados sin saber qué hacer. No queríamos recordarle que había muerto, así, de golpe, pero tampoco podíamos mentirle. Y después de un breve silencio ella sola se contestaba: Ah, ya me acuerdo. Y se le humedecían los ojos durante algunos minutos. Yo no sabía si la tristeza era por la muerte del marido, porque se daba cuenta de que estaba senil o por la vergüenza. Pero luego seguíamos comiendo y cambiábamos el tema.
Otras veces no se acordaba si se había bañado y tenía que tocarse el cabello para ver si estaba húmedo. Claro que si se le había secado ya, se metía a la ducha enseguida. Algunas veces se guiaba por el maquillaje, nunca por el reloj. Ese reloj maligno que le decía que eran las siete. Y ella no sabía de qué. Miraba el cielo y ese color grisáceo no le decía nada. No sabía si prepararse el desayuno o la cena. Si bañarse o ponerse la pijama. Si despertar o dormir. Pero tenía algunas pistas. Una concha en un plato estaba a medio comer y comenzaba a endurecerse.
El café estaba helado. Concluía que la jornada estaba por terminar y suspiraba aliviada. Entonces sonaba el teléfono; era yo. Le decía que pasaba por ella a las ocho. Y ella, con el despiste del ring y echar la carrera para contestar olvidaba lo que recién había recordado y me preguntaba:
—¿A las ocho de qué?
—A las ocho de la noche, en una hora. Vamos a cenar a casa de Rita.
—¿Rita?
—Tu sobrina Rita.
—¿Quién habla?
—Mira la foto de la mesilla, ¿ves al guapo que está a tu derecha? Ese habla. Ahora nos vemos.

Y Carmen miraba la foto. Se observaba a sí misma algunos años antes y luego al hombre que estaba junto a ella y pronunciaba en voz baja:
Miguel…
Aunque Carmen no se daba cuenta por completo, yo trataba de llamarla varias veces al día para ubicarla en el espacio-tiempo. Buenos días hermana. ¿Ya comiste? ¿Ya empezó tu novela? ¿Ya te vas a dormir? ¿Viste qué bello día de primavera? La Ciudad de México está imposible.  No ha dejado de llover en todo el verano.
Algunas veces Carmen pensaba que seguía en Porto, donde vivió algunos años, y le hablaba en portugués a Esther, la chica que iba a cuidarla. Afortunadamente ella no se ofendía; incluso le tomó gusto a la costumbre y aprendió algunas palabras. ¿Quer sopa de legumes hoje? Sim. Pero luego Carmen le contaba historias demasiado largas y ella se perdía y comenzaba a desesperarse y en cuanto estaba a punto de decirle algo al respecto, mi hermana volvía al español sin enterarse de nada.
Cuando Esther suspiraba, aliviada, Carmen le pedía que dieran un paseo por el parque Da Cidade. La muchacha le decía que Sim, claro. Cogían los abrigos, las bolsas y se dirigían al parque Hundido. Se sentaban en una banca hasta que mi hermana preguntaba a qué hora iba a recogerlas Julio. No, hoy no viene él, hoy volvemos caminando porque el día está muy bonito, decía Esther, aunque el cielo estuviera completamente nublado. En el camino de vuelta no se hablaba, ni en español ni en portugués. La joven iba un poco adelante porque sabía que Carmen podía tomar cualquier dirección y no le gustaba contrariarla. Compraban pan o tamales y al llegar a casa prendían la tele.
Mi hermana reía con las caricaturas, lloraba con las telenovelas y competía con los participantes de los programas de concursos. Capital de Nepal, ¡Katmandú! Y Esther le preguntaba ¿Cómo se acuerda usted de eso? A lo que le contestaba: Niña, ¿qué tú no fuiste a la primaria? Pues sí, pero no recuerdo que me lo hayan enseñado.
Al terminar la emisión Carmen preguntaba si se iban a ir ya. A lo que la muchacha contestaba que esa noche se quedarían ahí. ¿Y eso por qué? Pues por variar. Y permanecía ahí hasta que mi hermana se metía a la cama.
Con el transcurso de los años Esther conocía casi por completo la historia de Carmen, que había ido armando de manera fragmentada y seguido como una novela. Tomó varios cursos de portugués ―patrocinados por mí― y no tenía problemas con ir de un idioma a otro.
Sentía un genuino cariño hacia mi hermana y no le importaba que no recordara en la noche lo que le contaba por la mañana. Algunas veces, incluso, inventaba historias en las que ella también había recorrido las calles de Porto tras un largo viaje desde Lisboa. A veces era ella quien estudió en el Conservatório de Música y quien paseaba por los Jardins de Nova Sintra.
Un día me preguntó si sería posible que Carmen y ella fueran a vivir a Porto. Me dijo que creía que le vendría bien a la señora visitar de nuevo todos esos lugares de los que no dejaba de hablar. Yo no sabía si Esther imaginaba que Portugal era un estado próximo, entre Toluca y Puebla, o si había perdido la razón por pasar tanto tiempo con mi hermana. En cualquier caso le contesté que eso, desafortunadamente, era imposible. Que Carmen necesitaba muchos cuidados y que nosotros también queríamos estar cerca de ella. Que los vuelos eran carísimos y que no, no había manera.
Entonces fue cuando Esther decidió dejar de darle las pastillas. Creyó que era mejor para mi hermana, y quizás también para ella, vivir de los recuerdos, en el parque Da Cidade y al lado de Julio, a quien conoció una tarde lluviosa en el Café La Habana, como se lo había contado varias veces. Esther, por su parte, en sus conversaciones imaginarias ya había conocido a Mauricio, un colombiano con el que bailaba salsa los sábados y con quien paseaba y tomaba café los domingos después de su paseo por la Praça da Alegria.
Pasaron varias semanas en las que compartieron infinidad de recuerdos al lado de Julio y Mauricio. Recuerdos que Carmen había vivido y en los que Esther, después de recorrerlos tantas veces, también comenzaba a creer. Pero ella no sabía que la pérdida de la memoria de mi hermana era la punta del iceberg de su enfermedad y que su cerebro cada vez se parecía más a un queso gruyere.
Sólo acudió a mí cuando Carmen dejó de reconocerla por completo y después de que una mañana intentó morderla cuando le daba el desayuno. Me confesó que había dejado de darle el medicamento, que ella creía que mi hermana era mucho más feliz desde entonces, pero que ya no sabía qué hacer. Le contesté que recogiera sus cosas y que se largara en ese instante. Mientras ella empacaba entre lágrimas y yo esperaba al doctor, le pregunté dónde estaban las pastillas. Se quedó quieta un instante y me dijo que se las había tomado todas. No quería olvidar nunca los paseos por el parque Da Cidade.